Una gran estafa hija de la hipocresía

Cuando llega el mes de mayo los estudiantes de 2º de Bachillerato, hijos del estrés y el examen de Selectividad, encuentran un ligero solaz en sus fiestas de graduación, que culminan en unas cenas y fiestas que no siempre son tan felices como requeriría la ocasión.

La causa; que, aunque algunos de ellos hayan cumplido los 18 años, otros aún tienen 17. Así, los bares y discotecas “legales” no alquilan sus locales a estos chavales en modo celebración para así no enfrentarse a las fuerzas de seguridad ni a multas y cierres administrativos.

La consecuencia: que una serie de “empresarios” se alzan organizadores y contactan con los estudiantes para ofrecerles fiestas baratas en los locales más peregrinos. Así, estas graduaciones suelen terminar en garitos que no cumplen las más mínimas medidas higiénicas y en donde se sirven los venenos más variopintos que haya conocido la noche del garrafón.

El año pasado, por ejemplo, se descubrió que uno de estos “emprendedores” encerraba a los chavales en un sótano para que así nadie saliese y fuese descubierta la estafa. Que no haya ocurrido una gran desgracia es una suerte de milagro… pero hasta que no ocurra una parece que nuestra muelle sociedad no reaccionará.

Los menores beben. Y todos sabemos que los de 2º de Bachillerato van a beber en estas fiestas, ligeras paradas en el larguísimo camino hacia esa injusta y perniciosa prueba selectiva de acceso a la universidad. Algo habrá que hacer para evitar que, más pronto que tarde, ocurra una tragedia.

Una solución: que los estudiantes de 2º de Bachillerato puedan beber desde el 1 de enero del año en que cumplan 18 años. Aunque fuese solo durante los meses de mayo y junio. Así evitaríamos los efectos secundarios de una ley que, justa o no, es completamente ineficaz… como todos sabemos.

P.S.: Por lo poco que sé, algunos de estos “empresarios” de fiestas y recreación de menores manejan auténticas mafias de contactos con locales y proveedores de alcohol barato. De nuevo surge la corrupción de nuestra ceguera y, sobre todo, de nuestra hipocresía.