Z, la ciudad perdida

En parte por culpa de la propia cartelera, en parte porque en este rincón considero mejor hablar de títulos más o menos conocidos, lo cierto es que da la sensación de que el cine, en cuanto a géneros estrenados, anda encerrado en su propio “día de la marmota”. Acción, superhéroes, ciencia ficción, comedias románticas mediocres, animación… dominan una cartelera superpoblada pero, a menudo, poco o nada atractiva. De ahí el éxito de las series de televisión, más variadas y, casi siempre, mejor realizadas.

El pasado fin de semana –intercalado entre los superestrenos de Guardianes de la galaxia Vol. 2 y la nueva de Alien– no había ningún título sobresaliente y/o imprescindible. Y las críticas y calificaciones populares de los restantes estrenos tampoco abrían mucho el espectro. Así que, por eliminación, terminé acudiendo a ver Z, la ciudad perdida.

Y, en principio, hubo cierta sorpresa, originalidad, porque esta película cuenta la historia real de Percy Fawcett, militar británico que, a principios del siglo pasado, realizó tres expediciones para encontrar una ciudad perdida en el Amazonas. Su particular El Dorado, al que él mismo bautizó con la última letra del alfabeto.

Así, por casualidad, topé con un biopic que, en sus hechuras generales, recuerda a las antiguas candidatas a los Oscar: vestuario, banda sonora, ambientación, fotografía, montaje… son grandilocuentes en su modestia presupuestaria. Z, la ciudad perdida posee apariencia y empaque de antigua gran producción.

Pero cuando uno se fija en la fotografía –esta es una de las más sólidas aseveraciones de Coucheau– es que algo falla en la película. Z, la ciudad perdida está espléndidamente dirigida por James Gray, director con más prestigio que éxito. Gray domina las artes cinematográficas, sabe bien lo que  pretende con sus películas, tiene las dotes y la capacidad suficientes para hacer gran cine. Pero, más que un realizador, es un autor.

Y ese es el gran problema de Z, la ciudad perdida. Con guión del propio Gray, la película cuenta la historia con objetividad, construye un par de personajes más o menos creíbles, nos transporta al Amazonas y al Somme en plena Primera Guerra Mundial, muestra el hambre, la miseria material y espiritual, la hipocresía social y el pérfido instinto humano de supervivencia… bucea en multitud de emociones para, a la postre, resultar un filme tremendamente gélido.

No hay una sola escena en Z, la ciudad perdida que conmueva o, cuando menos, que resulte memorable. Y eso a pesar de que la fotografía es espléndida. Para colmo de males, una historia que habría durado hora y media en la Edad de Oro de Hollywood ahora se alarga hasta más de 140 minutos; a saber, este filme es lo que coloquialmente se califica como pestiño.

Por eso, a pesar de las críticas y de sus buenas calificaciones internáuticas, esta película se ha dado un descomunal batacazo en la taquilla estadounidense. No se ajusta a los cánones taquilleros del citado “día de la marmota” mercadotécnico. Pero, sobre todo, por muy bien hecha que esté, por muy curiosa que sea la obsesión del protagonista, resulta imposible recomendarla… ni siquiera para verla en casa, pues hay bastantes buenas series por ahí y no demasiado tiempo de esparcimiento.