Posverdad

En la novela 1984 el ministerio de la Verdad no deja de cambiar la Historia para que los hechos del pasado coincidan con la versión que en cada momento mantiene el Gobierno. Así, si hay un cambio en el enemigo de la guerra constante que se mantiene como medida propagandística, se alteran las páginas históricas para demostrar que el rival y el aliado fueron siempre los mismos.

Resulta paradójico que el artículo posverdad de la Wikipedia tenga más o menos la misma extensión que el dedicado a Ramón Pérez de Ayala, con la ventaja de que aquel tiene muchas más referencias bibliográficas. Demuestra el dato que el presente impera en este mundo nuestro, y que aquello que sucedió hace un siglo, unas décadas o unos pocos años importa poco o, más bien, nada.

Con esta posverdad como fenómeno en el que priman las emociones sobre los hechos, con la implícita implicación de que lo ocurrido se va construyendo sobre la marcha, se intenta explicar por qué triunfó el Brexit o por qué Donald Trump es el actual presidente de los Estados Unidos de América. Puede ser, aunque la posverdad supone efectos aún más preocupantes en la existencia cotidiana.

Por ejemplo, ahí tenemos a Piqué, central del Barcelona y de la selección española, asegurando que desde el palco del Bernabéu se controla España, y que de ahí nacieron las acusaciones contra Neymar o Messi. Más allá de que la posverdad del futbolista sea más o menos acertada, lo que asombra sobremanera es que sus declaraciones hayan tenido tantas respuestas en medios y redes sociales. El mundo se ha movido gracias al exabrupto de alguien que no debería ser absolutamente nadie fuera del terreno de juego.

Pocos días antes, Susana Díaz dio un triunfal discurso frente a líderes del pasado posverdad del PSOE. La ahora candidata a la secretaría general no dijo absolutamente nada, no dio una sola idea entre sus gritos desaforados, nos brindó un discurso inane y vacuo que apenas ha levantado análisis destapando la desnudez de la emperatriz. Mientras tanto, haciendo las Europas, Mariano Rajoy se destapó, de nuevo, usando tautologías banales, y los medios se dejaron llevar por sus obviedades sobre el Estado del Derecho… que si no se cumple en la cuestión catalana es por culpa de la posverdad que manejan independentistas y el Gobierno español.

Mientras todo esto ocurre, la posverdad ha convertido a una torpe tuitera en culpable penal. Cassandra Vera ha sido condenada a un año de prisión y 7 de inhabilitación por humillación a las víctimas del terrorismo. Sin duda alguna lo de esta chica –que, para más inri, quiere ser profesora– es de psiquiatra. Pero su condena, a mi entender, pone en peligro la libertad de expresión que, como defiende Salvador Monsalud, conlleva necesariamente el mal gusto.

Pero más preocupante es que, con lo que cada día cae, salpica y huele en los medios las redes sociales, le haya tocado a Vera y no a muchos otros que atentan contra el decoro y las nuevas formas. ¿Por qué ella y no esos profesionales del periodismo y/o la política que descalifican sistemáticamente y, desde su posverdad, alteran los hechos, la realidad, para así defender sus intereses, siempre serviles, a menudo poco o nada democráticos?

En 1984 el pueblo anda desnortado, entre acogotado y amodorrado, siempre ignaro. Los nuevos tiempos son idóneos para un mundo de posverdades emocionales, desvirtuación de la realidad y alteración del pasado. Los ciudadanos no conocen su Historia y prestan más interés y credibilidad a lo que digan sus ídolillos que a lo que ocurra de veras en las altas esferas, a su vez tan etéreas e insostenibles como las palabras de Piqué, Ramos o el fallecido Jesús Gil.

El asunto es tremebundo, trágico, alarmante. Pero sigamos adelante, protegidos siempre por la molicie existencial, intelectual y ciudadana. Después de todo, la verdadera cuestión subyacente es si el pueblo es capaz de distinguir la auténtica verdad –¿acaso le interesa?–, de si esto de la posverdad no es otra manera de denominar lo que antiguamente era simple y llana mentira podrida.