La bella y la bestia XXL

Según parece, Emma Watson –Hermione en la saga de Harry Potter– declinó protagonizar La La Land para, en su lugar, hacer la nueva versión de La bella y la bestia. Afortunada decisión, porque pudimos disfrutar de la soberbia interpretación de Emma Stone, actriz que desde la contención y la mirada consiguió construir un personaje tan veraz como natural.

Emma Watson, por el contrario, es de esas actrices que necesita hacer un gesto, mostrar que anda por ahí, se supone que actuando, en cada una de sus escenas, por pequeña y modesta que sea. En la recién estrenada La bella y la bestia la antigua no-novia de Harry Potter gesticula incansable y mira al vacío –quizás por el exceso de efectos digitales– como si el director, Bill Condon, hubiese sido incapaz de controlar a esta megaestrella con más nombre que recursos.

La comparación entre la mesura interpretativa de Stone y los excesos de Watson es extrapolable a este remake de la película que Disney estrenó en 1991. Aquella versión de La bella y la bestia duraba 84 minutos, era una comedia divertida, sin pretensiones, y se convirtió en un clásico imprescindible gracias a unos dibujos soberbios y un falso movimiento de cámara que abrió nuevos caminos para el cine de animación.

Ahora, con personajes de carne y hueso y/o digitalizados, la película se ha alargado hasta los casi 130 minutos. Y lo que era contención cómica y narrativa ha devenido en espectáculo bufonesco y elefantiásico. Gastón, de bobo sublime ha devenido en perfecto gilipollas. Maurice, el padre de Bella, ahora es un patético remedo de tipo despistado. La Bestia, tan mona en 1991, ha tornado en inexpresiva criatura. Y los habitantes del castillo, objetos digitales poco o nada animados, tienen menos vida y verismo que sus ancestros “dibujados”. Pero, tiempos políticamente correctos, ahí tenemos al primer personaje explícitamente homosexual en el universo Disney (1).

Más llamativo, y torpe, es el aparato dramático-narrativo construido en torno al personaje de Bella. Según parece, Emma Watson exigió que tuviera un trasfondo enjundioso. Por otro lado, Disney necesita un lavado de cara para evitar los ataques de las feministas extremas (2). Así, la protagonista del cuento ahora es independiente, de gran espíritu y mayor ingenio, impenitente devoradora de libros… afición que, ¡Sorpresa!, comparte con la nueva Bestia.

Peor aún es la incapacidad de Condon a la hora de dirigir las grandes secuencias del filme. El número musical inicial, en el pueblo, que en 1991 era un alarde de buen cine, torna ahora en desnortado espectáculo. El famoso baile de los dos protagonistas desmerece la magnífica canción que lo adorna. Y la batalla final entre los humanos y los habitantes del castillo se asemeja a un mal episodio de Hannah Montana antes que a un largometraje de Hollywood.

A mi entender esta nueva versión de La bella y la bestia es una película francamente mala. Pero ha sido un exitazo de público y, de momento, tiene un 7.9 en imdb.com. Quizás servidor sea el desnortado; quizás, como en tiempos de Shakespeare –cuya compañía competía con empresas que ofrecían peleas de osos contra perros–, no sea difícil conquistar a las masas con cualquier producción vacua, grandilocuente, desbordante de efectos y fuegos fatuos de artificio. En cualquier caso, es indiscutible que La bella y la bestia de 1991 es infinitamente mejor que su hermana bastarda.

(1) El personaje gay ha provocado un intento de boicot a la peli por parte de la extrema derecha estadounidense. Deliciosa ironía si recordamos cuál era la ideología de Walt Dinsey.

(2) Escuché en la radio la especie de que la Bestia era un maltratador. “Malos tiempos cuando los locos guían a los ciegos”, que dijo Gloucester en El rey Lear.