Macbeth ejemplar

Algo huele podrido en Occidente. Décadas de mala educación, de crear pueblo a la romana, favorecen el surgimiento de posturas extremas como las de Geert Wilders, Marine Le Pen o Donald Trump. En España, curiosamente, celebramos la derrota del ultra holandés el mismo día en que el Congreso ha tumbado el decreto ley del Gobierno que, aparte de cumplir con una exigencia de la Unión Europea, intentaba eliminar los privilegios del gremio de estibadores.

Cuando los asuntos del Estado marchan dando tumbos y el resurgimiento de los totalitarismos torna en acechante y real amenaza, nada como volver a Macbeth, la grandiosa tragedia de William Shakespeare.

El protagonista, tres centurias antes de su tiempo, es la quintaesencia de lo que fueron los grandes tiranos del siglo pasado. Macbeth, timorato al principio, se deja convencer por su esposa para asesinar al rey y acceder al trono. Entonces, devorado por la ambición, embriagado de poder, engañado por el falso destino que le muestran las brujas, se sumerge en un particular reverso tenebroso que termina convirtiendo Escocia en un erial.

Curiosamente, en esta obra sobre un tirano que supera, incluso, a Ricardo III, Yago y Edmundo, Shakespeare incluyó su particular lección magistral sobre el buen gobierno, curioso y ejemplar trasunto de la que Don Quijote dio a Sancho Panza antes de que este partiera a gobernar la ínsula Barataria.

En el cuarto acto MacDuff, recién huido de Escocia, se encuentra con Malcolm, legítimo pretendiente al trono. Aquel intenta convencerle para que lidere la revuelta contra el tirano, contra Macbeth.

Pero entonces, en un grandioso ejercicio de ironía y retórica, Malcolm se revela como incapaz de tomar el poder porque, básicamente, no se considera mejor que Macbeth: “Es de mí de quien hablo, pues conozco bien todas las clases de vicio que arraigaron en mí y que, una vez al descubierto, harían parecer la negrura de Macbeth blanca como la nieve, y nuestro pobre Estado habría de estimarlo, al compararle con mi maldad sin límites” (Traducción, como las siguientes, del equipo de Manuel Ángel Conejero).

Macduff responde que “ni en todas las legiones del infierno puede haber un demonio tan abominable como Macbeth”. Y Malcolm reconoce que el tirano “es hombre sanguinario y lujurioso, lleno de avaricia, falso pérfido, violento, malicioso, con el olor de todo tipo de pecado que tenga nombre”, pero que él mismo no es mejor porque tanto su lujuria como su codicia no tienen límites. Macduff, empero, intenta convencerlo, sabedor de que no hay nada peor que el usurpador Macbeth. Al final descubrimos que Malcolm solo estaba probando a MacDuff para ver si realmente le era fiel.

Pero en esta larga escena en la que Malcolm se autocensura, falsamente, también nos dice que “las virtudes que a todo rey adornan, tales como la justicia, templanza, veracidad, firmeza, bondad, perseverancia, humildad y piedad, paciencia, devoción, fortaleza, valor, no las conozco en absoluto”.

Así, en su magistral tragedia sobre el más sanguinario tirano, Shakespeare mostró su listado –hijo de la época– sobre las virtudes que deben adornar al príncipe, bien lejano aquí del concepto de Maquiavelo. Pero como Shakespeare, al igual que casi todos los clásicos, yace sepultado ajeno a cualquier plan de estudios, no creo que su propuesta sirva de ejemplo de ninguno de los actuales líderes políticos españoles y occidentales presuntamente moderados.

Si no cambian las cosas, y pronto, las cabezas de la hidra extremista seguirán proliferando por doquier. Y pasaremos entonces de la amenaza de Macbeth a la locura de El Rey Lear. Por fortuna, consuelo, evasión y lucidez siguen bien vivas entre las sublimes palabras de William Shakespeare.

P.S.: Por si alguien no lo conoce, he aquí el monólogo de Lady Macbeth en que conjura a las fuerzas del mal para darse ánimos e incitar a su marido al asesinato del rey Duncan. Ahora se trata de la traducción de Ángel Luis Pujante:

“Hasta el cuervo está ronco de graznar la fatídica entrada de Duncan bajo mis almenas. Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte, quitadme la ternura y llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad. Espesadme la sangre, tapad toda entrada y acceso a la piedad para que ni pesar ni incitación al sentimiento quebranten mi fiero designio, ni intercedan entre él y su afecto. Venid a mis pechos de mujer y cambiad mi leche en hiel, espíritus del crimen, dondequiera que sirváis a la maldad en vuestra forma invisible. Ven, noche espesa, y envuélvete en el humo más oscuro del infierno para que mi puñal no vea la herida que hace ni el cielo asome por el manto de las sombras gritando: “¡Alto, alto!”.

Sublime monólogo, aún más brillante si lo contrastamos con el arrepentimiento y suicidio final del personaje.