Kong

En numerosos libros de cine se afirma que el King Kong de 1933 fue la primera película que contó con una banda sonora completa, cuyo compositor fue el eximio Max Steiner. Es un simple dato más sobre este clásico imperecedero, muestra definitiva sobre lo accesorios, circunstanciales, que a la postre son los efectos especiales.

King Kong nació cuando a un creativo de Hollywood se le ocurrió la idea de un gorila gigante luchando contra unos aviones encaramado al edificio más alto del mundo. A partir de ahí hubo que desarrollar el argumento hacia el principio, hacia la Isla Calavera, lugar indómito que acoge a numerosos monstruos grandiosos y a unos humanos que, a pesar de los pesares, allí sobreviven.

La sombra de Kong es inmortal. Aparte de las tres películas ya conocidas por todos, hay por ahí unas cuantas producciones baratas entre las que destaca la japonesa que le enfrentó a Godzilla. Acaba de llegar a nuestras pantallas Kong: La isla Calavera, que ni es secuela ni segunda parte; simplemente, se retoman paisaje y gorila para contar una película de aventuras nueva y refrescante.

Así, aquí la historia de la bella y la bestia –que, como he dicho, en 1933 surgió a partir de la batalla contra los aviones– desaparece para mostrar a una serie de occidentales sobreviviendo en la isla mientras Kong, ahora hijo de este desnortado siglo XXI, se aparece como una suerte de dios que salva a los hombres de una lagartos malignos que surgen de las profundidades de la tierra –¿quizás querían referirse al Infierno?–.

Este nuevo Kong cuenta con un elenco que, a la larga, se convierte en una de sus principales virtudes: Brie Larson y Tom Hiddleston muestran maneras de auténticas estrellas; y John C. Reilly, Samuel L. Jackson, John Goodman y demás adornan con eficacia una peli que, también, alardea de un impresionante despliegue de medios digitales y artísticos.

Ambientada en 1973, justo después de la derrota americana en Vietnam, Kong: La isla Calavera juega al pastiche posmoderno con un sinfín de pequeños homenajes a viejos clásicos del cine, desde las tres versiones de King Kong a Apocalypse Now pasando por animes como Akira. Recurso encomiable porque, además de ayudar a meterse en la película, logra que el filme sea algo más que simple y mero entretenimiento.

Pero también en esto Kong es superlativa. Original dentro de lo que permite un género tan manido, es una película de acción bien realizada, espectacular en lo visual y sonoro, eficazmente interpretada y, sobre todo, sumamente entretenida. Como suelo decir, en todos los terrenos hay cine bien y mal hecho. Y este es un filme altamente recomendable para los que gusten de la adrenalina, la violencia, las explosiones y demás ingredientes previsibles cuando hablamos de un gorila gigante.

Lástima que este no sea el último Kong que vayamos a ver. La criatura que nació en 1933 es demasiado grande para que la industria pueda olvidarla. Así, creo que para 2020, la volveremos a ver, esta vez luchando contra Godzilla… de nuevo. ¿Cuándo, por fin, le pondrán el traje hiperajustado al bueno de King Kong?

P.S.: Mi primera intención el pasado fin de semana era ir a ver El fundador. Entonces vi uno de esos tráilers que te descubren enterito el argumento: un tipo engaña a los hermanos MacDonald y crea el restaurante de comida rápida más emblemático del mundo. Y decidí quedarme con la del gorila y, de paso, retornar a la Trilogía USA de John Dos Passos y sus magistrales biografías de grandes magnates estadounidenses.