La costilla de Adán

¿Sería posible estrenar una película como La costilla de Adán en pleno siglo XXI? ¿Hay lugar hoy en día para un filme tan atrevido y políticamente incorrecto? ¿Cómo reaccionaría el feminismo extremo ante un filme que da la vuelta al asesinato “de género”? ¿Y los carcundas ante las reivindicaciones de la mujer protagonista? ¿Se consideraría aceptable un matrimonio como el que encarnan Spencer Tracy y Katharine Hepburn, tan plácido como enconado en su amor y competitividad?

La costilla de Adán es otra de esas comedias del gran Hollywood que raya en el absurdo para, en el fondo, dar una patada a la corrección política y a las carencias de la sociedad. Tracy encarna a un fiscal que tiene que buscar la condena de una mujer que ha disparado a su infiel marido. Hepburn, a la esposa del fiscal, abogada que defenderá a la presunta asesina.

Así, mientras el juicio se va convirtiendo en un número circense, excesivo, bufonesco, extremo, la vida conyugal de este perfecto matrimonio -rara vez se ha visto en pantalla a dos cónyuges tan compenetrados y bien avenidos- se resiente, se coloca al borde de la autodestrucción.

Porque, a partir del juicio, lo que busca la abogada es una reivindicación de los derechos de la mujer, la plena igualdad de sexos. Pero, ¿cuál es el límite permisible para cualquier causa, por muy justa que sea?

Lo mejor de La costilla de Adán es que, rayando en el límite de lo verosímil, critica severamente el mundo contemporáneo con cargas de profundidad, solo visibles para el espectador despierto. Justicia, prensa, “guerra” de sexos, matrimonio… todo queda bajo el prisma crítico de esta deliciosa comedia.

La costilla de Adán es, probablemente, la mejor película que compartieron Spencer Tracy y Katharine Hepburn, que aquí aprovechó para llevar a la gran pantalla sus personales reivindicaciones. Junto a ellos destacan las interpretaciones de Judy Holliday, David Wayne y Jean Hagen.

Además, dirigida por George Cukor y con un espléndido guión, el filme cuenta con numerosas escenas memorables. Cualquiera de las del juicio es digna de una escuela de cine, tan buena que apenas importan los errores de continuidad.

Pero, sobre todas, emerge la del final, en el recibidor, en la que varios personajes hablan al mismo tiempo en delicioso galimatías y en donde importa más lo que no se ve que lo que aparece en escena, como si hablásemos de un filme del insigne Ernst Lubitsch.

¿Sería posible estrenar hoy en día La costilla de Adán? Mucho me temo que no. Pero ahí sigue, más actual que nunca, para recordarnos que desde la comedia se puede crear polémica y meter en el dedo en la llaga.