Zalacaín el aventurero

Tendemos a mirar al extranjero con cierta envidia y nostalgia, como si allí siempre hubiesen hecho las cosas mejor. Y, probablemente, así ha sido… en casi todo. Pero a principios del siglo XX, y hasta 1936, en España tuvimos una serie de escritores, artistas, intelectuales de diverso pelaje, incluso científicos, que, cuando menos, están a la altura de sus contemporáneos occidentales.

Personalmente, encuentro en las novelas de Baroja muchísima más creación, investigación, revolución y, sobre todo, hondura, que en las de Woolf, Proust o Joyce. Más allá de escribir esperpentos como Paradox, Rey antes de que los inventase Valle-Inclán, el narrador vasco dejó más de una decena de novelas –Camino de perfección, El árbol de la ciencia, las trilogías de La lucha por la vida y de Las ciudades, etc.– de primerísimo nivel, hoy auténticos clásicos por la enorme lucidez con que retrató el país y por lo mucho que hemos sabido perseverar en nuestros errores.

Zalacaín el aventurero es uno de sus más amenas y ambiciosas novelas. En cierto modo, en su protagonista hay una recreación del viejo aventurero decimonónico con los modos narrativos del nuevo siglo. A partir de sus brevísimos párrafos, de sus intensas descripciones de tipos y paisajes, de sus hábiles diálogos, de sus aceradas opiniones… Baroja conforma una trama de acción en la que las cosas pasan como si nada, pues en su obra la vida se forma a partir de pequeños detalles, acontecimientos nimios en apariencia que, en el fondo, lo son todo.

Martín Zalacaín es uno de los prototipos del hombre de acción barojiano. Como él mismo dice: “He crecido salvaje como las hierbas y necesito la acción, la acción continua”. Y cuando su interlocutor le responde que “la mayoría somos gente tranquila, pacífica, un poco muerta”, nuestro héroe responde: “Pues yo estoy vivo, eso sí; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. […] Yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, negocios, máquinas, minas, nada quieto, nada inmóvil…”.

Si la Generación del 98 hubiese sido algo real, jamás habría encontrado mejores portavoz y lema. Pero, quizás, también en ella venció el otro prototipo barojiano, el hombre abúlico, sin fuerza, sin ganas.

Pero Zalacaín, montaraz desde joven, enamorado y a veces donjuanesco, se mueve por la Tierra Vasca de aventura en aventura hasta culminar su propia odisea en la tercera guerra carlista, en la que quedan retratados, con lúcida presciencia, esos carcundas que no mucho después retomarían el poder durante más de tres décadas. Zalacaín, el héroe, individualista casi hasta el final, vive unas aventuras que se leen sin apenas dificultad, con una ligereza impropia de una gran novela. El tipo, sin honduras, cae bien, y en él se reflejan los demás espléndidos personajes de esta obra maestra.

Y así, con otra de esas historias sencillas en apariencia, Baroja nos legó una joya, otra de esas novelas que debería formar parte del canon escolar del que carecemos. Zalacaín el aventurero es una novela apta incluso para los nuevos alumnos, digna de relecturas, de encomios, quizás de culto… Pero para eso deberíamos comenzar a reconstruir nuestro pasado desde la admiración a lo mucho y bueno que abundó en nuestra creación a principios del siglo XX.

P.S.: Baroja como pensador es admirable. Otra perla: “El progreso material no ha hecho más que debilitarnos; ha sustituido las fuerzas individuales por las energías sacadas de la materia. Mañana no necesitarán los hombres sumar, porque sumará una máquina; no necesitarán escribir, porque escribirá una máquina; no necesitarán masticar, ni digerir, porque masticará y digerirá una máquina; y la máquina pensará, hablará y hará cuadros con ese indecente invento que se llama el daguerrotipo. Y un día desaparecerá la Humanidad y le sustituirá la Maquinidad funcionando por medio de un sistema maquinal parecido al de esos socialistas canallas de París”. No, no se titula 1984 sino Zalacaín el aventurero.