Hipocresías

El dichoso autobús de Hazteoir.org contra la transexualidad coloca de nuevo ante nuestras atribuladas miradas la siempre conflictiva tensión entre la libertad de expresión y el respeto al otro, la difícilmente definible línea entre libertad de conciencia y de opinión. El mal gusto del mensaje del autocar es evidente, aunque cuesta más observar si incita o no al odio, como sugieren sus más acérrimos enemigos.

Que hay asuntos más importantes es algo obvio, aunque nos quieran insinuar lo contrario; que circulen autobuses con semejantes mensajes, pura provocación, es indignante. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero, ¿qué ocurrió cuando, en 2009, unos autobuses hacían proselitismo del ateísmo? Tamaño absurdo, lejos de abogar por un Estado auténticamente laico –algo que la gran mayoría deseamos, o eso creo–, era también pura provocación, ¿o no?

También lo del pasado lunes, cuando en Las Palmas el premio Drag Queen del Carnaval lo ganó aquel participante que se vistió de Virgen para después recrear la imagen de Cristo en la cruz. Libertad de expresión, provocativa, quizás más lógica en el espíritu primigenio de lo que significan los auténticos carnavales de toda la vida.

Lamentablemente, en España seguimos tirándonos las creencias a la cabeza de los “hotros” porque, más que promover nuestras ideas, queremos joder al prójimo por no pensar, opinar o creer lo mismo que nosotros.

Mientras tanto, nuestra muelle sociedad, amparada en una brutal hipocresía, crece en sus modos corruptos, en sus pequeñas corrupciones que van minando el ya endeble edificio social.

Por ejemplo, dentro de unos pocos meses los alumnos de 2º de Bachillerato celebrarán su graduación. Como gran parte de ellos aún tendrá 17 años, se verán obligados a contratar garitos ilegales para acabar la noche como se estila en España –desde los bautizos en adelante– con copas, baile y ritos de apareamiento. Así, emprendedores sin escrúpulos aprovechan mayo para reabrir viejos locales o improvisar otros insalubres para que la sociedad solo se lleve las manos a la cabeza si a alguno de estos defraudadores, chorizos, se les ocurre poner el candado al sótano donde se encuentran los bachilleres.

La policía, que pone más multas a conductores que otra cosa, de vez en cuando vigila que los menores no beban. Pero estos lo hacen, asiduamente. ¿Por qué no en la graduación? No hay nada peor que una ley ineficaz, y no hay nada más estúpido que nadar contra las costumbres seculares.

Pero esto no es lo peor. Si beber es más o menos complicado para un chaval de 16 años, apostar en uno de los muchos garitos que proliferan en nuestras calles es muchísimo más simple. Al apostar rara vez se pide el carnet; cuando se hace, el chaval se larga y no pasa absolutamente nada. Y una vez que se ha metido el dinero en una cuenta, se puede jugar mediante una aplicación desde el móvil, la tablet o el ordenata.

Aún más terrible es mi siguiente descubrimiento. Porque, ¿de dónde sacan el dinero estos chavales? Al principio de la paga, un poco de aquí o de allá. Pero tienen otros recursos. Por ejemplo, pueden sacar pasta de algunos videojuegos. En el Counter Strike, sin ir más lejos, el jugador se encuentra armas raras que, en el mercado internáutico –¿Negro respecto a Hacienda?– pueden alcanzar los 1.500 euros. Pasta que el chaval luego puedo transferir a una tarjeta o cuenta propia, pues en Internet las hay y no son bancarias. Todo ello sin necesidad de supervisión paterna.

Así seguirán ocurriendo las cosas hasta que alguna noticia, algún suceso, airee el mierdoso asunto. Entonces se legislará y, quizás, se aplique la ley.

El alcohol, el juego… el comportamiento errático de muchos jóvenes es lo que realmente importa. Pero aquí seguimos jugando a la guerra civil… a mirar lo concreto nimio y anecdótico, a provocar desde el mal gusto, nunca desde el talento, o volver a comentar lo mal que va el Madrid o lo tonto y peligroso que es Donald Trump.