La gran muralla

Zhang Yimou es uno de los directores más interesantes del último cuarto de siglo. Con La linterna roja se destapó como un estilista idóneo para competir en festivales europeos y conquistar a los espectadores de las salas de arte y ensayo. Con Hero saltó al cine de acción al tiempo que realizó uno de los más memorables ejercicios estéticos del séptimo arte. Algo que confirmó con la espléndida tragedia La casa de las dagas voladores y con La maldición de la flor dorada.

Ahora llega a nuestras pantallas con La gran muralla, blockbuster de acción y palomitas, ambientada y producida en China, pero con guión estadounidense y protagonizada por Matt Damon. Así, nos encontramos con una extraña mezcla de culturas e industrias que, a la postre, se vence hacia Hollywood en la peor versión, esa que sufrimos cada vez más.

Porque, desde el planteamiento hasta el desenlace, nos encontramos con un guión de laboratorio en el que el héroe, un cristiano bandido y asesino, se redime en la defensa de una cultura extraña en el improbable, fatigoso y sacrificado combate contra unas criaturas a medio camino del zombie, el demonio y los extraterrestres de Independence Day. Precisamente, en estos terribles monstruos se aglutinan todos los tópicos sobre las invasiones del cine contemporáneo.

Junto a Damon, un compañero tramposo, a veces leal, y un canalla occidental que solo busca aprovecharse de los chinos aunque para ello tenga que esperar 25 años. Por fortuna para los dos primeros se topan con unos guerreros aguerridos, entregados a la salvación de la humanidad, un ejemplo de bonhomía y valores tan loables como tópicos en el cine asiático.

La gran muralla se ofrece así con un cine sin identidad que, empero, entretiene porque no da tregua con su ritmo trepidante, con pocos diálogos y muchos, pero que muchos efectos especiales. Al final ganan los buenos, mueren los bichos y si el prota no se queda con la chica es porque eso no se estila en los modos del Lejano Oriente.

A pesar de todo, y aquí es donde se nota la presencia de Zhang Yimou, La gran muralla tiene algunos pocos destellos de inconmensurable belleza: al principio, un par de paisajes sobrecogedores, uno de los cuales recuerda sobremanera al Monument Valley de John Ford; y, en las primeras batallas, algunos juegos de colores, de movimientos, de bellas coreografías que emocionan la retina; y, al final, muy brevemente, un arcoíris de interior ciertamente sugerente.

Pero cuando uno comienza a fijarse en esos detalles es que algo huele a podrido en Dinamarca. La gran muralla, más que carecer de un buen guión, es una patochada argumental. Supongo que hará taquilla, pero es una pena que se desperdicien tantos medios, tanto talento, en hacer algo manifiestamente mejorable por muy entretenido que sea.