Moonlight

Durante casi una década, desde mediados de los 80, acudí casi religiosamente a los Alphaville y demás cines situados en la madrileña calle Martín de los Heros. Allí conocí el cine minoritario, me enamoré de películas por su fotografía, descubrí modos diferentes de rodar, me abrí a las producciones de otros países y culturas, me entregué a una concepción diferente del séptimo arte.

Durante la primera media hora de Moonlight, que acumula ocho candidaturas a los Oscar, volví a aquella época en la que me deslumbraba la novedad por la novedad, el arte por el puro arte. Los nerviosos y movimientos de cámara, los fundidos a negro, la atosigadora presencia del director en cada plano, en cada mirada… se asemejaba a un curso rápido de cine minoritario.

Por suerte, luego la película se frena en sus ínfulas.

Moonlight cuenta, en tres etapas de su vida –infancia, adolescencia, juventud–, el crecimiento y aprendizaje de un homosexual afroamericano en un barrio chungo de Miami. Es una película lenta, morosa, de planos largos, intensos, que cobra vigor gracias a la presencia de unos actores creíbles, a su vez intensos, que consiguen dar vida a un argumento sin más tensiones que las típicas de las películas de este corte.

Sin embargo, el guión, escrito por el también director Barry Jenkins, construye una historia que, a primera vista, parece un retrato acerado y crítico de una sociedad dura, decadente, quizás ruinosa, donde la supervivencia es el único valor aunque eso cueste la propia identidad. Hay que ser duro porque la vida es dura, y el niño/chaval/joven intenta hacerse un sitio al margen de su propia conciencia para salir adelante y no ser apaleado.

Para ello encontrará la ayuda de un narcotraficante y de un amigo, la oposición de casi todos los demás y el drama de una madre yonqui que no sabe siquiera cuidar de ella misma. Pero Moonlight, en ocasiones tópica, consigue conquistar al espectador cuando, al final, te descubre que, en lugar de un dramón, has estado viendo una espléndida historia de amor.

Jenkins, una vez superada la injerencia de la primera media hora –o quizás me acostumbré a su estilo–, rueda con mimo y mesura una historia sin estridencias, con algunas escenas, como la de la playa, absolutamente memorables. Además, el casi novel director lo borda con los intérpretes, todos creíbles. Entre ellos destacan el poderoso Mahershala Ali –ese actor, el único, que aguanta pantalla a Kevin Spacey en House of Cards– y Naomie Harris en una magistral actuación como la madre del protagonista.

Moonlight, así, me reconcilió con aquel viejo cine minoritario de los Alphaville. Curiosamente, ha recibido el beneplácito de los Oscar, cada vez más cercanos a las producciones baratas porque la gran industria no consigue hacer nada destacable. Y no pensemos que Moonlight no tiene ninguna posibilidad: es una película sobre un chaval negro y homosexual que crece en un barrio marginal… y La La Land quizás haya ganado demasiados premios para los muy elitistas miembros de la Academia de Hollywood.