Premios y anécdotas

Creer que los premios cinematográficos sirven para establecer ningún ránking mínimamente fiable se asemeja a creer en Papá Noel o en los Reyes Magos. Ahí tenemos a los Oscar, los premios de los premios, que pasaron completamente de, por ejemplo, Gran Torino, y que han premiado a numerosos filmes e intérpretes de muy dudosa calidad o capacidad.

Los premios, no solo en el ámbito cinematográfico, son, sencillamente, una magnífica herramienta mercadotécnica que, por ejemplo, me van indicando qué películas ver durante estas semanas.

Su capacidad comercial, empero, va perdiendo fuerza en este mundo de lo inmediato, de lo virtual, pues lo anecdótico se impone a lo enjundioso y así, después de los últimos Goya, se ha hablado muchísimo más de Dani Rovira y del robo de unas joyas que de las películas y profesionales que fueron premiados. Ciertamente, también hay un fuerte rival en el periodismo contemporáneo, más atento al impacto de la noticia que a su importancia.

Los Oscar, el año pasado, se centraron más en la ausencia de afroamericanos nominados que en la buena calidad de 4 o 5 de las películas candidatas. La rabieta de la esposa de Will Smith y el apoyo de los tiranos de lo políticamente correcto desvirtuaron la celebración de este espectáculo comercial y mercadotécnico. Porque los premios son, simplemente, pura fachada, puro escaparate.

Este año, sin escándalos, apenas se ha mencionado que tres de las nominadas al Oscar a la mejor película tratan directamente temas afroamericanos: Figuras ocultas, Moonlight y Fences. Incluso Lion trata del extrañamiento del emigrante forzado. Pero, al no haber impacto, tampoco ha habido noticia.

En cualquier caso debemos olvidarnos de todas estas zarandajas. Como el año pasado, hay muy buenas películas por ahí, hay un buen cartel en representación de los Oscar. Así que aprovechemos para creer en los premios y, sobre todo, para disfrutar del buen cine, no siempre tan abundante como nos pretenden sugerir desde las distintas academias.