Por la educación

Resulta harto frustrante caminar por los pasillos de cualquier colegio o instituto español: profesores, estudiantes, directivos… prácticamente todos caminan cabizbajos, como si el peso del mundo cayese sobre sus hombros. En un periodo –¡¡¡otro!!!– entre leyes educativas, con unos currículos absurdos y/o cambiantes, bajo el yugo de las seudociencias de la psicopedagogía y la neurociencia –que un día afirman una cosa y al otro la contraria– las aulas rezuman tristeza, desmotivación, una monotonía aún más gris que la que sugería Antonio Machado en su famoso poema.

Son muchos los problemas de la educación: desde esos padres sobreprotectores que hacen muchísimo daño con sus demandas estrafalarias o estúpidas hasta esos otros que pasan de todo siempre que el niño apruebe; la corriente imperante de que la escuela debe preparar al alumno para el mercado de trabajo y no para la vida democrática; la tiranía de lo políticamente correcto que mata la alegría y promueve el rencor; el nulo prestigio del saber y la proscripción del mérito, el rigor y la excelencia; etc.

Tantos problemas han conseguido que en un colegio, a partir de los 12/13 años, prácticamente nadie disfrute de lo que hace. Asombra el desinterés absoluto de los estudiantes por aprender. Fascina la creciente melancolía que se apodera de los chavales, que se ven más como prisioneros que como potenciales seres pensantes. Y deprime ver las malas caras, entre la rabia de la frustración y la depresión de la derrota, de los docentes, tan perdidos como poco o nada ilusionados.

Sin embargo –y antes de que en los próximos meses servidor siga desvelando vergüenzas y miserias de nuestro sistema educativo–, debemos recordar que la educación es el pilar básico de cualquier democracia, que en una sociedad civilizada es algo tan inevitable como respirar, que en esencia y existencia es algo hermosísimo desde cualquier perspectiva imaginable en un centro educativo… porque aprender forma parte del alma humana, porque no hay nada tan hermoso como enseñar, porque mejorar nos conforma como humanos, porque desde las aulas se construyen mejores sociedades.

Así, desde la absoluta consciencia de que la clase política no va a hacer nada por nosotros, quizás deberíamos recuperar la utopía de que la educación puede servir para cambiar, a mejor, las cosas, el espíritu que ilustró a los antiguos para convertir a los estudiantes en auténticos ciudadanos, la motivación para comprender que la educación no es una guerra sino el único, auténtico y definitivo camino hacia un mundo en paz, más justo y libre.

Porque, aunque en el fondo subyazca un tinte utópico irreal, debemos recuperar la alegría, reforzar nuestros espíritus hacia la formación y, sobre todo, relanzar la idea de que el saber nos hará libres si no queremos que se impongan la ignorancia, la estulticia, el catetismo… esas múltiples miserias de las que se alimentan los muchos monstruos que amenazan el mundo en el que vivimos, monstruos como Donald Trump, Rodrigo Duterte o Marine Le Pen.

Enseñar y aprender es algo hermoso… y necesario.