Manchester frente al mar

En La Tristeza Antón Chéjov narra cómo un cochero, Iona, busca infructuosamente un interlocutor al que contar la brutal e injusta tragedia que ha machacado su vida. Chéjov, inmortal, sublime, escribe hacia la mitad del cuento: “Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero”.

Manchester frente al mar, película beneficiada por la promoción mercadotécnica de los Oscar, trata de un tema similar: Lee Chandler es un hombre corriente que, cada día, tiene que afrontar los sentimientos de culpa y dolor provocados por la pérdida de sus hijos. El conflicto consiste en que el protagonista no sabe cómo hacerlo: se nos presenta como un personaje atribulado, incapaz de enfrentarse a sus emociones, por tanto de superarlas.

El filme, dirigido por Kennet Lonergan, es un drama indie donde importa más la atmósfera general que una escena concreta. Como en Chéjov, no hay grandes momentos sino que la enorme tristeza del relato subyace en cada palabra, en cada plano, en cada destrozada mirada del protagonista, magistralmente encarnado en un Casey Affleck que, desde la contención y la economía gestual, construye un personaje asombrosamente creíble y, sobre todo, digno de compasión aunque no nos resulte simpático.

Lo mejor de Manchester frente al mar es su consciente renuncia a los momentos lacrimógenos, a las escenas que encojan el corazón, a las secuencias excesivas y tremendistas. Como en Chéjov, nos cuenta la historia de una manera contenida, mesurada, hábil, de tal manera que las secuencias más importantes impactan de manera suave aunque dolorosa sin que por eso pierda peso ni interés el trágico drama.

Pero, y ahí la gran habilidad de Lonergan, es una película que cuenta la vida como es, y el protagonista, que se ve obligado a cuidar de su adolescente sobrino, lucha por sobrevivir sin grandes alardes porque nuestras existencias funcionan de la misma manera. Así, por ejemplo, le vemos incapaz de llorar ante la muerte de su hermano, o confesar su culpa desde la absoluta incomprensión de sí mismo, o canalizar sus frustraciones a partir de la violencia… hasta llegar el momento culminante, cuando se enfrenta a su exmujer en un emotivísimo diálogo donde ninguno es capaz de articular una oración completa.

Manchester frente al mar es un filme original desde el momento en que cuenta un dramón desde un punto de vista chejoviano, aparentemente neutro, lineal, pero intenso y conmovedor. A partir de las escenas se construye un edificio sólido, potente, triste, catártico en su conjunto y no en sus detalles. Sin ser mi tipo de cine, me enganché a la película durante sus 137 minutos de metraje sin esfuerzo, disfrutando desde la inevitable identificación con la tragedia cotidiana y sempiterna del protagonista.

De tal manera que, al salir, purificado en vez de hundido, uno espera que, algún día, ese personaje vulnerable, perdido, incapaz de superar su sentimiento de culpa, encuentre el camino para mirar de frente a sus sentimientos o, cuando menos, encuentre un interlocutor al que contarle sus cuitas, como Iona hizo con su caballo al final de La tristeza.