Múltiple

A pesar del sinfín de estrenos de cada semana, a menudo es difícil encontrar una película apetecible. Sin embargo, hay viernes en los que aparecen dos o tres películas atractivas. Entonces uno recurre a distintas estrategias para escoger. Así, este pasado finde renuncié a ver Vivir de noche, basada en una novela del gran Dennis Lehane y dirigida por Ben Affleck, precisamente porque, de nuevo, ha insistido en protagonizar su propio filme.

Tampoco fui a ver Lion, drama candidato a seis Oscar del que todo mundo habla bien, porque las aclamaciones de la crítica conjugadas con lo que aún queda por venir en relación a los premios de la academia de Hollywood me invitaron a cambiar de tercio, de género, a buscar algo diferente.

Y ahí me topé con Múltiple, el nuevo estreno de M. Night Shyamalan, aquel director que me fascinó con El sexto sentido, El protegido, Señales y El bosque y que luego me ha ido decepcionando con el resto de sus películas, si exceptuamos El incidenteLa visita.

Múltiple plantea un tema más o menos original. Tres adolescentes son secuestradas por un tipo afectado por un síndrome de múltiples personalidades, nada menos que 23… y pico. Shyamalan, de nuevo, nos presenta un thriller con mucho de psicológico que se mueve en los límites de la realidad.

¿Acerté? Difícil decirlo sin haber visto las otras dos películas. Múltiple, en cualquier caso, es un filme diferente en su planteamiento y puesta en escena. James McAvoy, sin estremecer, resulta convincente en las 6 o 7 personalidades que encarna. Y consigue mantener el interés en el tema principal de la película, ese juego mental que se libra en su interior y del que tan solo podemos presenciar sus efectos.

Frente a él, dos adolescentes que no saben actuar y otra que sí, Anya Taylor-Joy, que atrapa con la mirada al espectador, la película, y resiste el envite de encarnar a una adolescente traumatizada que, desde el terror, resiste con cierta calma y contención interpretativa los matices de su personaje. También anda por ahí una psiquiatra, encarnada por Betty Buckley –gran estrella de Broadway que cantó “Memory” en la producción original de Cats– en un papel a medio camino del espejo del protagonista y de detective.

Múltiple se deja ver. El guión, bien construido, mantiene la tensión y maneja bien los escasos ingredientes de una producción de solo 10 millones de dólares. Solo hacia el final cae en los tópicos habituales del cine contemporáneo. Pero, sobre todo, a la película le faltan las virtudes que mostró Shyamalan en sus primeras películas: los sustos, escasos, no funcionan; la música y el sonido no siempre apoyan la acción; la sorpresa desaparece casi inmediatamente y, sobre todo, apenas hay tensión, nervios, inquietud… en un género que, quizás, viva de ellos. Por si fuera poco, como si fuera el gran santón que prometía en sus primeras producciones, se autocita en un ejercicio que exaspera más que divierte.

En cualquier caso, me entretuve. Ahora tengo dos películas que añadir a Comanchería en mi lista de películas pendientes. Hay que aprovechar esta época del año pues, antes de la llegada de los megaestrenos a los que me siento en la obligación de acudir, tendremos varios fines de semana en los que poder elegir. Benditos sean, solo en este sentido, los Oscar.