Rounders

Cuando nos acercamos al mundo del juego como base de la ficción hay que acordarse, necesariamente, de El jugador, la espléndida novela en la que Dostoievski plasmó una pasión-enfermedad que conocía perfectamente. En cine, más allá de su primera hora de metraje, hay que recordar la partida final de El rey del juego entre Steve McQueen y Edward G. Robinson, uno de los más memorables duelos cinematográficos.

En los últimos tiempos se han estrenado numerosas películas ambientadas, en mayor o menor medida, en el entorno de los casinos, especialmente de Las Vegas. Menos frecuentes son los filmes sobre el juego propiamente dicho, sobre la ludopatía, el riesgo autodestructivo, la pasión de las cartas como esencia existencial.

Rounders, estrenada en 1998, nos muestra el submundo de las partidas de póker de Nueva York, en un retrato tan improbable como verosímil. En garitos inmundos, en Atlantic City, en sótanos y almacenes traseros se celebran numerosas partidas en las que gente de toda condición apuesta lo que tiene y lo que no.

En este sentido Rounders es un espléndido y atractivo retrato de unos ambientes poco habituales en el cine. Y ahí es donde se desarrolla la historia del protagonista, un chaval que tiene que decidir entre su pasión por el póker y su prometedora carrera como estudiante de Derecho, elegir entre su formal novia y el mundo que le reabre un viejo amigo recién salido de la cárcel. Como debe ser en el subgénero, todo culmina en una última gran partida que, en cualquier caso, es el punto de partida del resto de la existencia del personaje.

Más allá de la ambientación, de los escenarios, en Rounders destacan las interpretaciones: Matt Damon, en el inicio de su imparable ascenso hacia el estrellato, muestra pericia desde la contención gestual; Edward Norton, como siempre al límite, construye otro personaje tan rico como despreciable; John Malkovich borda el acento ruso y la mirada acerada; y Gretchen Mol, John Turturro, Martin Landau, Famke Janssen y muchos otros completan un elenco pocas veces igualado.

Rounders quizás no sea una película perfecta. Algunas partes son demasiado obvias y otras demasiado tópicas. Pero en conjunto es un filme diferente, entretenido, otra entrega recomendable e inolvidable sobre una pasión humana, común en la vida, poco frecuente en el cine, indescriptible salvo en la soberbia pluma del autor de Crimen y Castigo.