La La Land o la reinvención del musical

Por alguna abstrusa razón, los distribuidores españoles de La La land, uno de los grandes triunfos de la temporada, la han estrenado con el título de La ciudad de las estrellas. Sorprende lo obtusas que son algunas mentes. Pero, a la postre, da igual el título pues nos encontramos ante uno de los grandes estrenos de la temporada, una de las mejores películas de los últimos tiempos, ante la confirmación de Damien Chazelle como un director importante, creativo, original.

Chazelle ya nos regaló hace un par de años Whiplash, también musical, película de bajo presupuesto y soberbio montaje de planos breves, cortos y nerviosos, de espléndida composición de conjunto. En La La land ha cambiado de registro visual para darnos una perspectiva amplia, de planos largos para que, como en los musicales clásicos, se vean manos y piernas de los artistas.

También fascina la lucidez con que Chazelle maneja la cámara, siempre atento a mejorar la historia a partir de lo visual, controlando planos y distancias con movimientos hábiles y pertinentes, siempre potenciadores de trama y/o música… sabiendo cuándo recurrir a planos fijos para que sean los actores, la canción o el baile los que lleven “la voz cantante”. La la land, nada clásica en su concepción metaescénica, es puro clasicismo en el lúcido virtuosismo de su director.

Así, por ejemplo, se potencia la ingente capacidad de Emma Stone, auténtica protagonista, que encarna a una chica corriente y da una lección del manejo de la mirada para transmitir sentimientos y emociones. A menudo Chazelle le entrega la película para que, sin que nada se mueva, sean los ojos de la actriz los que nos cuenten y conmuevan. Algo que destaca sobremanera en el número Audition, cuando Stone abandona los tonos medios y demuestra con su voz por qué fue capaz de encarnar a la Sally Bowles de Cabaret en el teatro.

También el guión, del propio director, es hábil e inteligente: en lugar de caer en los tópicos del “chico conoce chica”, desestructura la historia a partir de elementos oníricos y/o mágicos para jugar con el espectador, solo si a su vez reconoce el juego de inverosimilitud y “parodia” seria y emotiva. Porque, a partir de un par de trazos algo forzados, La La Land, más que una trama sólida y uniforme, busca momentos en los que coincidan estructura dramática y musical, es decir, busca el momento idóneo para los números musicales… Exactamente como en las pelis de Fred Astaire o Gene Kelly, solo que sin respetar la coherencia interna de unas historias que, por otro lado, eran bastante simplonas.

Aunque no lleguen al mismo terreno de lo extraordinario, son espléndidos vestuario, fotografía, decorados… Ciertamente, se echa de menos que los artistas canten y bailen mejor, que la música de Justin Hurwitz, más eficaz en lo narrativo que en lo artístico, nos entregue alguna canción digna de Cole Porter o Gershwin, pero tan solo desde una perspectiva nostálgica.

Porque los tiempos han cambiado. Mucho. Y Chazelle se ha dado cuenta. Como, sin grandes cantantes, bailarines y compositores, ya no tendría sentido hacer Un americano en París o Cantando bajo la lluvia, La La Land –sin renunciar a la esencia del género– es una nueva clase de musical, diferente, fresco, original… indudablemente bueno… una perfecta oportunidad para recrearnos en lo mucho que sabemos sobre el cine, sobre la comedia romántica, sobre las carencias de nuestro mundo… al tiempo que recuperamos el viejo espíritu del cine sobre cómo encontrar nuevos caminos para soñar… y así llorar, reír, emocionarnos al son de unos cuantos acordes y muchos sueños imposibles.

P.S.: Ryan Gosling trabajó duramente para aprender a tocar el piano. Su actuación como pasional pianista es otro de los muchos y reconfortantes elementos de esta delicada y deliciosa película.