Un buen año de cine y la princesa Leia

2016  ha sido un año de buen cine, de los mejores que uno recuerda. Aunque parezca que la muerte de Carrie Fisher –y la muy seguida de su madre, Debbie Reynolds– lo fagocita todo, no podemos olvidar las muchas buenas películas que se han ido estrenando desde enero.

Entre las mejores hay varias basadas en hechos reales: Spotlight fue un magnífico biopic sobre los periodistas de Boston que destaparon un escándalo de pederastia en el seno de la Iglesia; La gran apuesta, a mi entender, es lo mejor que se ha rodado sobre la crisis de 2008; y Steve Jobs mostró a un Michael Fassbender inconmensurable.

Aparte, ahí tenemos una espléndida de ciencia ficción de altura, La llegada, y unas cuantas de acción y/o superhéroes: Dos buenos tipos, Jason Bourne, Capitán América: Civil War, El contable y Doctor Strange. Y entre todas ellas destaca, por haber sido dirigida por un español, Un monstruo viene a verme, magnífico drama disfrazado de efectos que sirven a la causa.

Sí, el cine español, más allá de Trueba y Almodóvar, sigue en la línea que le va reconciliando con su público natural. Cien años de perdón, Tarde para la ira y Al final del túnel son buenos thrillers, tan entretenidos como sus rivales norteamericanos. El hombre de las mil caras espero que sea una de las primeras sobre la corrupción y el país en el que vivimos. Incluso comedias baratas, como Kiki, el amor se hace y Cuerpos de élite, han tenido éxito de público. Medio española en sus medios, argentina de corazón, es la bonísima El ciudadano ilustre.

Por otro lado, a lo largo del año se han estrenado muchas películas interesantes, como Joy o La chica danesa, alardes interpretativos. Están bien ¡Ave, César!, de los Coen, y Calle Cloverfield 10. Y dos llegadas de superhéroes gamberros y malhablados, Deadpool y Escuadrón suicida, han sido gratas sorpresas en este género devorado por la elefantiasis. Más minoritarias, pero muy recomendables, son 13 minutos para matar a Hitler y El hombre que conocía el infinito.

Un escalón por debajo se encuentran los simples entretenimientos, pues nunca debemos olvidar que el cine es eso, puro ocio: La Quinta Ola, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, Aliados, Objetivo: Londres, Rogue One o la disparatada Orgullo y Prejuicio y Zombies –ya no sabe uno cuál será el próximo invento– justificaron con creces el precio de la entrada.

En el otro extremo de la balanza encontramos los grandes fiascos, algunos tan pretenciosos como Los odiosos ocho, o nuevo apología tarantiniana de la violencia. Pero lo peor ha tenido que ver con sagas o remakes. Quizás la peor y más aburrida película del año haya sido Batman vs Superman. Pero no podemos olvidar cosas tan plomizas con las nuevas entregas de X-Men, Star Trek, Independence Day o Bridget Jones, ejemplos de cine taquillero que no aspira en ningún momento a la calidad, a la coherencia, a respetar las más sencillas reglas de la narración cinematográfica.

Este asunto, por otro lado, deviene en alarmante con esos remakes tan innecesarios como pésimamente hechos: Ben-Hur, El libro de la selva o Los siete magníficos, que ni siquiera empleó la música de Elmer Bernstein. Y es que la banda sonora es algo imprescindible: apenas se ha mencionado, pero lo más notorio de Rogue One es la ausencia de John Williams, pues por primera vez en Star Wars música e imagen se dan de tortas.

Y así llegamos al final de año, cuando la muerte de Carrie Fisher, por otro lado encarnación de la inmortal Princesa Leia, parece haberse apoderado de todo lo relativo al cine. La ventaja con el séptimo arte es que siempre podremos volver a ver sus películas, tanto las tres y pico de Star Wars como Cuando Harry encontró a Sally. Y, siguiendo con los homenajes, debemos disfrutar a Debbie Reynolds en la magnífica Cantando bajo la lluvia, quizás el mejor musical de siempre.

Feliz año.