Churras con merinas

En España, de manera análoga al resto de Occidente, a menudo mezclamos churras con merinas. Por ejemplo, desde que Felipe González, más de veinte años atrás, afirmase que un político no debía dimitir hasta ser imputado, desde la esfera política se intenta vincular la responsabilidad penal con la política. Aún más, algunos pretenden que, por mor de la presunción de inocencia, no se “toque” a ningún cargo político hasta que exista sentencia en firme, es decir, hasta que la justicia decida si el sospechoso es o no culpable.

Sin embargo, no debería ser así. El sinfín de casos de corrupción que ha proliferado bajo los gobiernos de, entre otros, Manuel Chaves, Francisco Camps o Esperanza Aguirre, los incapacita, política y éticamente, para ocupar ningún puesto relacionado con el erario público. Quizás no metieran la mano en la caja, pero fallaron como responsables máximos de sus respectivas administraciones. Y los que no ven, no quieren ver, eligen mal o no toman medidas preventivas son incapaces para llevar las riendas del cotarro.

Lo escrito parece de sentido común. Pero las crónicas aún se centran en qué narices pasa en este o aquel juzgado, en uno u otro tribunal… con la sospecha añadida de que el poder judicial no es todo lo independiente que debería. Por si fuera poco, el asunto torna en completa tomadura de pelo cuando vemos, en España y en el extranjero, las sinecuras que ocupan los expolíticos en grandes multinacionales. Bien pensado, ¿hay carrera más lucrativa y menos arriesgada que la de político?

Este asunto es el más llamativo de una cultura absolutamente desnortada en lo ético. En Estados Unidos, creador de tendencias, no puede aparecer un pezón femenino en televisión pero sí programas en el que una serie de ganapanes compiten en el manejo de pistolas, rifles, escopetas, subfusiles o ametralladoras. Y no hablo de una peli de los hermanos Marx o de los Simpsons, sino del mundo real.

Siguiendo con este delicado hilo, la competición exacerbada es parte esencial de nuestro entretenimiento. Con la excusa de ser realities, hay un sinfín de concursos televisivos que, en teoría, elevan a los altares al mejor cocinero, al más hábil superviviente, al más capaz armero… incluso al más paciente y popular espécimen de Gran Hermano. Lo que tampoco tendría mayor importancia si estos programas no fueran protagonizados, en ocasiones cada vez más frecuentes, por niños cocineros, cantantes, artistas, etc. En serio, ¿soy el único al que resulta obsceno que chavales de 8 a 12 años compitan en Masterchef Junior?

Pero, sinceramente, muy poca gente considera reprobable dicho fenómeno. Más bien al contrario, pues son muchos los padres que empujan a sus hijos hacia la popularidad, hacia el estrellato, hacia lo que no es sino un simple remedo algo más refinado de televisión basura del tipo Mujeres y Hombres y Viceversa o Gandía Shore, otros espléndidos ejemplos del futuro que se ofrece como deseable y poco esforzado a jóvenes de todas las edades, estudios y condición.

No debe sorprendernos, en ningún caso, que la cultura general de nuestros estudiantes sea pésima, al margen de lo que digan los informes PISA. Cada vez se habla de manera más cateta, se cierran más los acentos, se domina un vocabulario menor… y es que todo está unido en una especie de ciclo degenerativo que pervierte los valores y proscribe el saber.

Como conclusión, un sencillo ejemplo: cada día es más difícil encontrar a un universitario que considere malo el acto de copiar. Si no se copia más es por el miedo a que le pillen a uno. Antifonte cabalga de nuevo porque, después de todo, nada importa nada, y se puede hacer todo para conseguir todo lo que se quiera y desea sin importar su naturaleza.

Lamentablemente, Iván Karamázov tenía razón.