Rogue One

En el primer acto de Rogue One: Una historia de Star Wars los personajes llegan a una estación comercial que, en principio, recuerda al sucio y decadente ambiente de Blade Runner. Por un momento pensé que por fin la saga de las sagas se abría a una vía inexplorada por sus siete antecesoras. Me equivocaba.

Porque, salvo un par de ambientaciones novedosas, Rogue One cumple a la perfección con la estructura narrativa de gran parte de la saga. Solo El imperio contraataca –una de las mejores– se sale de esta estructura en tres actos muy marcados, mucha acción, poca chicha y un personaje cómico “encarnado” en los circuitos de algún robot que pasaba por allí –mejor ni hablar del fiasco Jar Jar Binks–.

En este sentido estructural Rogue One es un calco de El despertar de la fuerza, a su vez mímesis estructural y espiritual de La guerra de las galaxias. Solo que ahora, como en muchas otras megaproducciones de Hollywood, el guión es hijo de un laboratorio pseudocientífico y no del talento de sus guionistas (1): Cada poco tiempo se incluye –o incrusta– alguna escena de acción; los personajes, sin ser completamente planos, solo poseen un par de rasgos –sencillotes– diferenciadores; los malos son tan huecos como misteriosamente simples en sus métodos y fines; y los buenos sufren crisis de identidad pero cumplen, indefectiblemente, con su deber.

Todo ello a un ritmo trepidante que deja al espectador sin respiración. Como ya me pasó el diciembre pasado, llegué a la batalla final completamente agotado. Y así apenas atendí al trágico destino de cada uno de los héroes, final personalizado que se ha puesto de moda con estos guiones de laboratorio y que, en mi opinión, se ve tan a menudo que comienza a resultar ridículo.

En cualquier caso, gracias a Rogue One ya sabemos cómo se consiguieron los planos de la Estrella de la Muerte que permitieron que Luke Skywalker la destruyese en La guerra de las galaxias. Da la impresión de que el único esfuerzo puro y dedicado de los guionistas ha sido enlazar este nuevo estreno con aquel IV Episodio; detallados enlaces que, por otro lado, abren nuevas preguntas, como por qué los rebeldes se asombraron cuando el Imperio se cargó un planeta entero en esta primera entrega que ahora es la cuarta parte –o la quinta, según se mire–.

A pesar de todo lo dicho y de saber qué iba a suceder a continuación con presciencia milimétrica, como buen hijo de la saga me entretuve con Rogue One, tanto que apenas me fijé en los numerosos fallos de guión –algunos pasmosamente tramposos, como cuando la protagonista alcanza, en escalada, más velocidad que un ascensor– ni en la simplicidad de los personajes, ni en lo políticamente correcto de lo multiétnico –pero sin apenas dar cancha a las especies galácticas no humanas– ni en cuánto me habría apetecido ver una historia que se diferenciara más de sus hermanas mayores.

Solo al salir, entre divertido y fatigado, pensé en que aún quedan muchas pelis de Star Wars por delante, medité sobre la inevitabilidad de que siga yendo a verlas con entusiasmo e ilusión, cavilé sobre cómo a menudo nos entregamos sin espíritu crítico, y recé por que alguien cambie y mejore los guiones antes de que la fórmula se agote como suele ocurrir a prácticamente a todas las series de televisión.

(1) Tema para una tesis doctoral: ¿hasta qué punto la trilogía inicial de Star Wars sentó las bases del guión-tipo de las películas de acción del siglo XXI?

P.S.: Lo mejor de Rogue One son, con mucho, las dos breves apariciones de Darth Vader, un personaje sólido e inolvidable.