Jardiel inmortal… por fin

Hace 15 años el Teatro Español, al que entonces acudía público, organizó un homenaje a Enrique Jardiel Poncela con motivo del centenario de su nacimiento. Aparte del estreno de una espléndida Eloísa está debajo de un almendro se realizó un ciclo de conferencias en que varios nombres ilustres reivindicaron la figura del probablemente mejor dramaturgo español del siglo XX.

Aquel homenaje, empero, se vio teñido por la polémica pues la tiranía cultural, entonces, afirmó que todo era una maniobra política para ensalzar a un escritor con pasado franquista. Tamaña memez, cosas de la vida, se ha convertido en un inusitado e inopinado fervor por el autor, ahora defendido por los mismos que le querían “eliminar” hace solo tres lustros.

Este radical cambio comenzó hace un par de años cuando la SGAE –la misma que le maltrató y timó en vida– puso el nombre de Jardiel a sus premios de teatro y montó una gran exposición sobre el autor de, entre otras, Los ladrones somos gentes honrada o Cuatro corazones con freno y marcha atrás.

Ahora se estrena en Madrid, en el María Guerrero, Jardiel, un escritor de ida y vuelta, versión de Un marido de ida y vuelta ideada y dirigida por Ernesto Caballero, más afecto al actual régimen cultural y, quizás, libre de los viejos y absurdos prejuicios que cercenan nuestro espléndido siglo XX intelectual.

Lo curioso no es que se haya vuelto a Jardiel, autor que siempre ha gustado al público. Lo asombroso es que este estreno, y los elogios de Caballero y otros intelectuales, hayan alcanzado al periódico de cabecera de la tiranía que dicta lo que es bueno y digno de nuestra literatura. Jardiel, el autor que consiguió que la novela La tournée de Dios fuese prohibida por las dos Españas, por fin ha conseguido que propios y extraños le acepten como el genio que fue.

Porque, como reconoce el propio Caballero, fue un dramaturgo genial que dominó como pocos la arquitectura teatral, y quizás por ello Noel Coward se fijó –demasiado– en Un marido de ida y vuelta para escribir Un espíritu burlón. Además, más que un precursor del absurdo, como afirma Caballero, Jardiel fue, junto a Mihura –y con el permiso de los hermanos Marx–, el creador de un subgénero teatral que tan bien casó con el siglo XX –el siglo XXI ya se ha encargado de convertir aquel teatro del absurdo en puro y simple costumbrismo–.

Enrique Jardiel Poncela por fin encuentra el beneplácito de España. Ya era hora de que la crítica y la intelligentsia le elevasen a los altares. Después de todo, fue otro más de esos genios que, en los años 30, consiguieron convertir España en un oasis cultural –una auténtica edad de oro– rodeado del más mísero y perturbador desierto político, desierto tan inmenso que aún tiñe nuestros libros del orín de la mezquindad y la exclusión.

Así, las personas de bien ya podremos hablar de él sin sonrojarnos de la misma manera que hacemos con Lorca, Salinas, Unamuno, Juan Ramón y Antonio Machado. Esperemos que este sea el primer paso para que, de alguna manera, también nos reencontremos con Manuel Machado, Baroja, Madariaga, Aub, Sénder, Pérez de Ayala y muchos otros nombres que, aunque sorprenda a muchos, demuestran que la literatura española del siglo XX puede competir con cualquier otra nación europea o americana.

Jardiel, una vez más, abre caminos insospechados… hasta hace bien poco.