Hasta el último hombre

De la misma manera que luces, decoración hortera y compras masivas anuncian la próxima Navidad –que no su espíritu, extraviado tiempo ha– los eternos metrajes y la (presunta) trascendencia de los estrenos nos advierten de que ha comenzado la carrera de los Oscar. Mel Gibson llevaba diez años sin dirigir ninguna película, pero parece bien colocado para aspirar a más de una estatuilla gracias a Hasta el último hombre.

En este filme se nos cuenta la historia real de Desmond T. Toss, soldado-médico presente en la batalla de Okinawa y ganador de la estadounidense medalla de honor sin disparar un solo tiro. Es decir, fue un soldado que devino en héroe por salvar a alrededor de 75 compañeros en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Han sido innumerables los elogios a esta película que, empero, cuenta con la estructura básica de todas las películas bélicas: la historia de amor del protagonista antes de alistarse; la instrucción, llena de durísimas pruebas, abusos y palabrotas del sargento chusquero de turno; y la crudelísima batalla final donde el héroe demuestra por qué debemos admirarle y quererle.

La novedad de Hasta el último hombre radica en el juicio que tiene que superar el protagonista para poder ir a la guerra. Al no querer tocar un fusil, lo tiene difícilísimo, pero su inquebrantable fe y los viejos contactos del padre consiguen que gane el juicio y se convierta en otro gran héroe americano.

Todo, incluido el juicio, huele a rancio, a ya visto… resulta tan tópico que no pude evitar recordar muchos otros filmes, incluido Forrest Gump, cuando asistí a las distintas secuencias que, con ritmo lento y mirada clásica, componen el largometraje. Especialmente plomizas resultan la instrucción y el inverosímil juicio.

En cuando a las escenas de guerra son explícitas, de esas de uñas sucias y jirones de músculo y piel, de mucha sangre, quemaduras y sesos esparcidos. Realismo cruento y duro, se supone, pero que choca enormemente con esas muchas muertes en hilera y el sinfín de tiros en la cabeza que muestran una puntería impropia en el fragor de la batalla y de las cargas a pie. Es decir, se juega a presentar la guerra tal cual es, como en la media hora inicial de Salvar al soldado Ryan, pero con la ingenuidad propagandística de El Sargento York.

El elemento más plúmbeo y polémico de Hasta el último hombre es su nada disimulada entrega a lo milagroso: la fe del protagonista se sobrepone a las demás directrices, opiniones y creencias que le rodean; es decir, el que cree fervorosamente demuestra a los descreídos la verdad, de nuevo a costa de unos japoneses tan demoniacos que merecerían aparecer en la Canción de Roldán. En cierta manera, estamos ante un homenaje a las antañonas hagiografías.

A pesar de lo mucho que se ha dicho, Hasta el último hombre no me parece una obra maestra. Bien realizada, con efectos tan realistas como brutales y unos pocos momentos intensos y conseguidos, la puesta en escena de la acción de guerra resulta harto infantil y la heroica hazaña del héroe se confunde con un martirio, un alarde de santidad y fervor religioso, que no patriótico.

Pero, visto lo visto, y leído lo leído, ya tenemos una clara favorita para recibir varias nominaciones a los Oscar. Da pereza pensar en lo mucho y largo que me queda por ver hasta el próximo 26 de febrero.