Kirk, PISA y Juan Ramón

Leo entristecido la noticia sobre la prohibición de leer en los institutos de Virginia las novelas Matar a un ruiseñor y Las aventuras de Huckleberry Finn porque ambas emplean, en aras de la verosimilitud, un lenguaje actualmente proscrito. Lo políticamente correcto, siempre próximo al puritanismo, cercena la grandeza de la literatura que supo mostrar las vergüenzas de una nación tan grande como contradictoria.

Pero algo tan grave no pasa en España de lo meramente anecdótico, pues aquí importa más la invitación de los medios de comunicación (1) a celebrar los cien años de Kirk Douglas, una de las grandes estrellas del cine de siempre. Por mucho que llegar a centenario nos pueda parecer un hito, no deja de ser un simple mortal del que, cada día del año, tenemos a mano sus soberbias interpretaciones. Deberíamos homenajearle viendo sus películas, no recreándonos en su esperemos que feliz senectud.

Así están las cosas la misma semana en que, de nuevo, se han publicado los resultados del informe PISA, en el que España parece haber mejorado –¿O han empeorado los resultados generales de la OCDE?– a pesar de su turbio y lamentable sistema educativo, pese a que algunas Comunidades Autónomas sigan a la cola del mundo civilizado.

Como suele ocurrir en estos lares, el informe ha servido para que nuestros políticos, siempre tan propensos al autobombo y a la crítica ajena, lo interpreten según sus intereses electorales. Nadie, o casi nadie, incide en la necesidad de centralizar los contenidos, mejorar los medios, incentivar al profesorado, en definitiva incrementar el gasto en educación. Por otro lado, en esto del informe PISA poco tienen que ver las dos últimas leyes educativas, pues en las aulas cualquier reforma tarda en arraigar y producir resultados, menos aún cuando son tan abstractas como abstrusas.

Hasta hace poco, Matar a un ruiseñor y Huckleberry Finn formaban parte del canon de lectura cuasiobligatoria en los institutos estadounidenses. En España, que uno sepa, jamás hemos poseído una lista homogénea de libros recomendados, aunque sospechemos que autores como Unamuno, Baroja, Cervantes o Galdós serían altamente provechosos. Pero, ¿qué hacer cuando décadas de mala educación han convertido al autor de Fortunata y Jacinta en ininteligible para la enorme mayoría de escolares?

Por otro lado, aquí seguimos enfrascados en la necesidad de categorizar nuestra literatura, tan genial como inclasificable, en movimientos y generaciones. Según ese sistema, a Juan Ramón Jiménez, nuestro mejor poeta del siglo XX, no entra en ningún movimiento a estudiar, y pasa a ser una nota a pie de página cuando se estudia el 98, el Novecentismo o el 27.

Este año se cumplen cien años del viaje de Juan Ramón a Estados Unidos, donde se casó y escribió el magistral Diario de un poeta reciencasado –así reza la portada de mi ejemplar– publicado en 1917 y fundamental para entender la generación del 27. Este poemario, que mezcla prosa y verso, es una obra maestra digna rival de, por ejemplo, La tierra baldía de T.S. Eliot, pero el Diario jamás se toca en las aulas españolas.

El largo poema de Eliot o Huckleberry Finn poseen su propia entrada en la Wikipedia en español. No así El diario de un poeta reciencasado. Así somos en este país, en esta (sub)cultura que ignora sistemáticamente lo mejor de su pasado. Pero nada, celebremos al gran Kirk Douglas, enfanguémonos en estériles polémicas sobre el informa PISA y, unos pocos, lloremos por el destino que, en este mundo nuestro, le aguarda a genios como Harper Lee, Mark Twain o el inmortal (?) Juan Ramón.

(1) En un periódico de postín confunden cumpleaños con onomástica. Según este diario Kirk Douglas, así, celebra su santo y no su centenario. No se puede hacer nada contra la ignorancia que rezuman nuestros medios de comunicación.