Indiana Jones y el templo maldito

Ahora que algunos están tan dolidos y otros tan asombrados por la muerte de Fidel Castro, quizás habría que hablar de tan suculento personaje que, empero, tampoco ha dado tanto material al cine como podría esperarse. Por eso creo más oportuno pasar al terreno del mito auténtico, a las aventuras de verdad donde el héroe se comporta como tal sin que nadie se atreva a ponerle un pero.

Indiana Jones es uno de los últimos grandes héroes nacidos en y para el cine. Arqueólogo en principio, en sus tres primeras películas -la cuarta es difícil considerarla como tal- lucha contra el mal y, en la segunda, aprovecha para convertirse en salvador de unos niños esclavos que sirven a una tenebrosa secta que realiza sacrificios humanos.

Tras el espléndido número musical del principio de Indiana Jones y el templo maldito, acompañado por una chica y un niño, Jones llega a un recóndito rincón de la India. Allí se compromete a encontrar las piedras sagradas de un pequeño y mísero pueblo. Y así, en un palacio lleno de misterios y oscuridad, se desenvuelve una aventura tan ligera como entretenida.

Indiana Jones y el templo maldito está llena de escenas memorables: por ejemplo, la de la cena estrambótica y repugnante; o la del túnel lleno de bichos; o aquella -que tanto nos sobrecogió a los chavales de la época- en la que el maligno sacerdote arranca un corazón humano, aún palpitante; o la de la huida en un vagón de mina como si se tratase de una montaña rusa; o la del puente colgante…

Pero, sobre todo, recuerdo aquel plano de Indiana Jones, a contra luz, recién llegado a la mina, puro héroe que se va a enfrentar a los malos mientras libera a los pobres niños esclavizados en la mina de diamantes.

Menos intensa que En busca del arca perdida, la segunda entrega de Indiana Jones fue un espectáculo rico y reconfortante, con efectos de la vieja escuela, espléndidamente rodado por un Steven Spielberg en plenitud, con el añadido del espléndido Harrison Ford que tan bien encarnaba a los auténticos héroes del reciente pasado.

Indiana Jones y el templo maldito fue un hito del cine taquillero. Pero con calidad, con fondo, con guión, con aventuras plagadas de humor de numerosos colores, con todo lo necesario para ver, disfrutar y entregarse de pleno al séptimo arte sin pensar en las absurdas contradicciones de este mundo nuestro, donde es notición que muera un dictador a los 90 años… y no que lo haya hecho en la cama.