Un mundo feliz

Hace un año comencé un plan de relecturas de las más clásicas distopías. Ya he hablado en este rincón de Fahrenheit 451 y 1984. Y no pensaba leerme Un mundo feliz hasta el próximo año. Pero varios acontecimientos, en especial la victoria de Donald Trump, han adelantado el regreso a la más famosa novela de Aldous Huxley.

Un mundo feliz nos presenta una sociedad en la que, a partir de la manipulación genética, se ha creado un sistema de castas en el que cada uno cumple con su deber para conseguir la máxima felicidad. Es un mundo sin autonomía personal, dominado por una extraña y oculta dictadura que desprecia la individualidad y promociona el consumo de drogas, los juegos onerosos y el sexo como medios para conseguir una eudaimonia tan completa como tenebrosa.

A este mundo feliz llega el “Salvaje”, joven nacido en una reserva ajena a dicha sociedad y educado a partir de un viejísimo ejemplar de las obras completas de Shakespeare. El nuevo mundo confunde e indigna al joven que, tras una entrevista con el líder supremo, intenta vivir por libre, independiente, acto tan ingenuamente heroico que solo puede culminar en tragedia.

Como sucede con sus primas hermanas, Un mundo feliz sigue siendo una obra maestra de la narrativa, un planteamiento que, pese a que muchas de sus críticas originales hayan perdido sentido, ha crecido hasta convertirse en esperpéntico espejo de lo que acontece en este mundo nuestro.

Cierto es que lo de la manipulación genética queda lejos, aún, aunque no creo que a muchos les importase crear una enorme masa de trabajadores incapaz de quejarse mientras se les suministren suficientes comida y drogas. En cuanto a la “hipnopedia”, o manera de lavar el cerebro durante el sueño para condicionar comportamientos y reacciones de estos infrahumanos, también resulta lejos en su facticidad, pero resulta sospechosamente cercana a muchas de las teorías que proponen nuestros psicopedagogos.

Más cerca, y preocupante, queda la propuesta de una sociedad que vive para y por el entretenimiento, un mundo entregado a un ocio –nunca gratuito– con el que olvidar la realidad y entregarse a un hedonismo tan huero como omnipresente. Hoy la filosofía, como en Un mundo feliz, está proscrita, del mismo modo que todo aquello que tenga alguna relación con el espíritu.

Si a ello unimos la necesidad, presente en la novela, de estar siempre acompañados para evitar soledades y murrias, es inevitable acordarse de esta sociedad red donde todo se conecta sin hondura ni humanidad, donde lo viral rara vez coincide con lo enjundioso, donde algo tan insustancial como el Mannequin Challenge puede atraer a las masas como la miel a las moscas… donde cualquiera puede ser un ídolo de masas, un líder del pueblo.

Un mundo feliz es una distopía tenebrosa que, en apariencia lejos de los totalitarismos que la “nacieron”, resulta dolorosa por cercana. Es pura ficción pero, como en los casos de los libros de Ray Bardbury y George Orwell, a menudo sus páginas tornan nuestra realidad en parodia, reflejan nuestro mundo siguiendo el esperpéntico modelo de Valle Inclán.

Y si no, recordemos al Salvaje intentando encontrar sentido a la realidad mientras cita a Shakespeare. Dicho acto, ¿no resultaría en nuestro mundo tan estrambótico como en el propuesto por Huxley?