La llegada

Los (largos) comienzos de las novelas de Balzac son tan morosos y detallistas que muchos lectores dejan de leer antes de llegar a lo bueno. Por el contrario, a mucha gente no le gusta Baroja por lo abrupto y entrecortado de sus narraciones, que comienzan casi de golpe y se construyen a golpe de elipsis y omisiones narrativas. Cada creador tiene un ritmo propio, un estilo que no tiene por qué satisfacer a todos.

Denis Villeneuve es un director interesantísimo pero, a mi entender, su cine adolece de un ritmo excesivamente lento. Por ejemplo, La llegada, su último estreno, ganaría enormemente si durase media hora menos. Pero entonces, ¿tendría sentido el monumental espectáculo visual que conforma el largometraje? ¿Se disfrutaría tanto de lo estético, de la desazón artística que despierta la película?

La llegada trata de una mujer, experta en lenguas, que debe descifrar los mensajes de unos extraterrestres que, en doce naves, han llegado a la Tierra. Así, en principio, el filme se estructura a partir del misterio sobre qué quieren estos aliens de nosotros. Ciencia ficción discursiva, esplendorosamente filosófica, en torno a una sencilla fémina; es decir, un personaje normal vive una experiencia extraordinaria.

El filme, cuyo argumento está lleno de sorpresas que es mejor evitar desvelar en una crítica, cansa más que apasiona hasta que ha pasado una hora de metraje. No hay conflicto auténtico, y solo la interpretación de una soberbia Amy Adams, la presencia de los aliens y lo estético despiertan emociones y atención. Otra cosa es la segunda mitad del filme, donde la trama principal culmina en un clímax tan sólido como reconfortante.

En cualquier caso, y sobre todo en un filme que ha despertado tanto entusiasmo y que plantea cuestiones tan elevadas sobre la condición humana, La llegada peca a menudo de enorme simplismo: los países de la Tierra, ante la llegada de las 12 naves, se comportan de manera infantil, caprichosa, al servicio del guión y no de la credibilidad; el personaje de Jeremy Renner resulta tan huero como superfluo; las masas se asemejan a manadas de animales salvajes en un planteamiento efectista y poco veraz… en definitiva, el guión, en cuanto narración, no está a la altura de los ambiciosos planteamientos estético y filosófico.

En cualquier caso, La llegada es un filme distinto, original, una proposición artística de primer nivel que nos devuelve un cine de extraterrestres menos previsible, más pacífico, que recupera el viejo juego sobre quiénes somos, cómo nos comportamos y hacia dónde queremos ir. A partir de los quiebros espaciotemporales, de una protagonista tan sólida como perturbadora –solo ella entra de verdad en el juego propuesto por los visitantes– es una película que hay que ver aunque al principio nos haga bostezar más de lo debido.

El estilo de un creador, de un auténtico creador, es único. Y aunque no siempre nos satisfaga esto o aquello, estamos en un mundo de tanta mediocridad que se agradece que existan tipos como Denis Villeneuve, tan lento como interesante. La llegada, por morosa y contradictoria, no es una película perfecta, pero es interesante, distinta, elevada… completamente lejana al ramplón bombardeo habitual que nos llega desde el otro lado del Atlántico.