Memorables: La vida es bella

El humor italiano a menudo resulta excesivo para los españoles, probablemente porque Alvaro Vitali, Christian De Sica o Roberto Benigni han conseguido dar una nueva dimensión al histrionismo. Sin embargo, el último de los tres ganó un Oscar por su papel protagonista en La vida es bella, por otro lado su obra maestra como director. Estrenada en 1997, la película fue un exitazo de crítica y público.

Algo sorprendente si tenemos en cuenta que su primera media hora nos muestra al Benigni más desatado en la conquista de la que será su esposa y madre de Giosué, personaje fundamental para entender la segunda parte del filme, situada en un campo de exterminio nazi pero sin abandonar en demasía la optimista, onírica y cómica mirada del director..

Porque el protagonista, estomagante al principio, se las arregla para convertir la tragedia del Holocausto judío en una suerte de juego en el que el niño pueda participar sin apercibirse de lo que pasa a su alrededor y así, a la postre, sobrevivir sin perder un ápice de la inocencia propia de la infancia.

Es en esta segunda parte cuando La vida es bella, es brillante, original, en ocasiones -como en la memorable secuencia de la traducción del alemán al italiano- hilarante, en otras tragicómica, y solo en unas pocas dura y directa, como suele ocurrir cuando se trata tema tan luctuoso. Benigni se las arregló para convertir sus excesos interpretativos en algo útil para a la intención dramática de la película. Gracias a sus chanzas y mentiras se convertirá en uno de los mártires más simpáticos de la historia del cine.

Paradójicamente, algunas personas consideran que La vida es bella es una falta de respeto a lo que sucedió en Auschwitz  o Treblinka. Pero hay que tener en cuenta que Benigni calificó al filme de simple fábula. No hay intención de choteo sino más bien lo contrario, como demuestra el encuentro del protagonista con una montaña gigantesca de cadáveres o la escena de su muerte, magistral en su concepción y rodaje.

Aparte, La vida es bella cuenta con unos secundarios eficaces y contenidos, una espléndida puesta en escena mejorada por la fotografía y una memorable banda sonora. Aunque el comienzo sea pesadísimo para los no italianos, es una gran película, original en el tratamiento a un tema tan manido como imprescindible.