El ciudadano ilustre

Lo de la crítica es algo extraño, pues a menudo se pretende sentar cátedra desde la más absoluta subjetividad. A pesar de ello, en ocasiones los santones de la crítica coinciden. Y, algo aún más extraño, esta unánime impresión coincide con la del público potencial de películas digamos que minoritarias.

El ciudadano ilustre no solo ha entusiasmado a la crítica sino que ha convencido a numerosos festivales de pompa y boato. Quizás por ello fui a verla con gran aprensión. Pero me encantó. Y así, cosas de la vida, confluyeron numerosos factores para convertir la coincidencia en algo tan extraordinario con la Superluna de este lunes.

Esta película nos cuenta cómo un viejo escritor argentino, premio Nobel de literatura, vuelve a su pueblo natal después de 40 años. En pleno bloqueo creativo regresa al lugar del que salió huyendo para encontrar gloria y fama en Europa. Y se encuentra un mundo, el que poblaba sus relatos, que apenas ha cambiado salvo por el envejecimiento de sus viejos conocidos.

El ciudadano ilustre, para algunos, es una comedia. Cierto que algunas escenas, situaciones y personajes son esencialmente cómicos. Pero el filme es demasiado amargo y crítico, agriamente acerado en su mirada a la sociedad argentina, como para provocar algo más que una media sonrisa.

Pero eso no impide que el drama se disfrute enormemente. El protagonista, que sin hacer nada extraordinario nunca resulta simpático, vive una extraña odisea donde el entusiasmo inicial que genera va tornando hacia la indiferencia popular –casi como en La tournée de Dios de Jardiel– y la inquina de los principales personajes secundarios. El regreso al pasado, imposible, se cruza con un presente extraño, en ocasiones surreal, que convierte las dos horas de metraje en un peculiar y agridulce goce.

Más allá del espléndido guión, de los inmejorables y variadísimos personajes, el filme vuelve a mostrar la buena salud de la escuela interpretativa argentina. Oscar Martínez, el Nobel, se mueve en la completa mesura que actúa desde la mirada; como él, muchos otros intérpretes. Pero luego existen unos cuantos actores que rayan en lo bufo sin sobrepasar el invisible límite hacia lo excesivo.

Este filme, de poso y fondo esencialmente argentino, es en la crítica del mundo moderno, de la imposible convivencia de los viejos valores con la moderna amoralidad, un espejo en el que puede mirarse prácticamente cualquier espectador del mundo. Película diferente, original, modesta en sus intenciones y presupuesto, es un alarde creativo que sorprende y ayuda a reconciliarte con el cine digamos que minoritario.

Por eso, con un poco de suerte y el influjo de ignotos rayos cósmicos, quizás el éxito de crítica, premios y cinéfilos se extienda al gran público para convertir a El ciudadano ilustre en un éxito comercial. Pasaríamos, así, de la Superluna a la aurora boreal en el estrecho de Gibraltar. Cosas más raras se han visto… tan solo hace una semana.