Sin cabeza

Cuando en 2002 Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, los franceses de bien no dudaron un instante y su rival, Jacques Chirac, le aplastó con más del 82% de los votos. En Francia, hace 14 años, tuvieron claro cuál era el enemigo y demostraron estar a la altura de las circunstancias.

En Estados Unidos no se han coscado de qué supone un discurso como el empleado por Donald Trump durante su campaña electoral. Su populismo barato y barriobajero se asemeja al de tiempos más o menos lejanos, y su victoria, en cierto modo, recuerda a cómo cayeron las repúblicas Romana y de Weimar. De nuevo nos situamos, tras una dura crisis económica, en un sistema político agotado y carente de grandes líderes capaces de levantar entusiasmos; es decir, buenos tiempos para la llegada de un salvador.

Pero mucho se ha escrito sobre Trump y su victoria como culmen del auge actual de los populismos. No creo que servidor tenga mucho que aportar al tema. Creo más conveniente analizar el tema/problema desde una perspectiva diferente: la victoria del candidato republicano marca un fin de ciclo, un nuevo fracaso de las democracias liberales que nos coloca ante un incierto futuro.

En este análisis sobre la debacle democrática son esenciales los siguientes factores:

– En Estados Unidos, como en Europa y parte del extranjero, la calidad de los líderes políticos ha decrecido enormemente en los últimos veinte años. Los principales gerifaltes de Occidente, con escasas mas honrosas excepciones, son cada vez más memos y/o corruptos.

– Los intelectuales, como casi siempre en la Historia, apenas tienen ascendencia sobre la población. La cultura alemana pocas veces ha brillado tanto como durante la República de Weimar, que terminó cuando Hitler llegó al poder. Ahora, en Estados Unidos, prácticamente todos los intelectuales de prestigio se han posicionado en contra de Trump. Y lo mismo podría decirse de artistas, deportistas y demás gente de gran popularidad. Pero todo es mero entretenimiento sin traslación palpable a los comportamientos e ideales de las masas.

– Más sorprendente y grave resulta que Trump haya vencido teniendo a prácticamente todos los grandes medios de comunicación en su contra. Ha triunfado contra y sobre el cuarto poder. Se confirma así el declive de una manera de entender y conformar el mundo, ahora sustituida por el blandengue y amorfo mundillo de lo internáutico.

– Entre lo políticamente correcto y un pésimo sistema educativo el americano medio es aún más paleta que hace treinta años. Con el problema añadido de que ahora no importa que sus líderes rayen en el cretinismo social a partir de incontables e incesantes exabruptos y despropósitos verbales o prácticos. Trump es un logorreico faltón, y parece que eso ha conquistado el corazón de sus votantes.

La conclusión evidente del análisis es que en Estados Unidos –y todo esto se puede extrapolar al resto de Occidente– carecen por completo de cualquier liderazgo que tenga que ver con la razón y el sentido común. Se ha perdido la cabeza, literal y figuradamente. Y así, repito, es fácil que surjan salvadores de patrias y pueblos.

El futuro resulta incierto. Esperemos que Trump como presidente no se parezca al espectáculo mediático que ha sido durante las últimas décadas. Y recemos por que Francia siga siendo una nación fuerte y sensata en 2017.

Mientras tanto, ¿por qué no pensamos en cómo construir una ciudadanía responsable y racional, en cómo recuperar el prestigio y la calidad intelectuales y personales de la clase política?