Sully

En España siempre ha existido la tendencia a derribar viejos mitos, propios y extraños. Por ejemplo, en los últimos tiempos varios santones de la crítica han cargado contra Clint Eastwood, pues según ellos, con la edad –o quizás se trate de que haya apoyado a Trump– ha ido perdiendo facultades o no ha encontrado los magníficos guiones de antaño.

Paradójicamente, son estos mismos santones los que se quejan por que viejos directores, como Billy Wilder, no extendiesen su carrera un poquito más. Y, nada paradójicamente si consideramos la variable torre de marfil, son los mismos que se atreven a escribir sus críticas a partir de filmes en versión original, a saber, productos diferentes al que verá la mayoría del público.

En el caso de Tom Hanks esta diferencia es especialmente notable. Su voz en español, un tanto bobalicona, idónea para Forrest Gump, rara vez ha conseguido mostrar el enérgico despliegue de un actor que, además del contenido dominio del gesto, maneja la voz impecablemente.

Hanks ha protagonizado Sully, la película en la que Eastwood nos cuenta cómo aquel famoso piloto consiguió, en 2009, aterrizar sobre el río Hudson salvando a las 155 personas que viajaba en su avión. Así, salvo un par de pequeños saltos en el tiempo o hacia la pesadilla, el filme se condensa en unos pocos días, desde el accidente hasta que se exonera al comandante Sully de cualquier culpa.

Durante los primeros dos tercios de los 96 minutos de metraje el filme es un espléndido drama en el que Hanks se muestra como un titán interpretativo en la piel de un hombre normal y corriente que, a pesar de todo, duda sobre si realmente hizo o no lo correcto. Así, de manera inopinada, este personaje -un héroe que ha salvado a su avión y a Nueva York de una tragedia, un tipo normal que lo está pasando mal por la crisis pero al que no se le conocen grandes pecados pasados– se incardina en la tradición de la tragedia griega, solo que sin hybris ni final tremebundo. Pero, en pleno shock postraumático, se enfrenta a su destino hasta que por fin encuentra su propia y particular catarsis.

Durante esta hora inicial, Sully posee un ritmo intenso, un clima veraz, algunos momentos memorables, en especial cuando se nos cuenta por primera vez el aterrizaje forzoso. Eastwood en estado puro.

El problema llega en la media hora final, cuando el filme se alarga innecesariamente a partir de cuatro simulaciones del vuelo y una repetición más del accidente. Ni el guionista ni Eastwood encontraron un final acorde al séptimo arte, y es que la realidad, en estos ejemplos heroicos, supera con creces a la ficción.

Sin ser una de las mejores películas de Eastwood, Sully merece la pena por Tom Hanks –por lo menos en inglés, pues no la he visto en español– y por las dos o tres lecciones-secuencia magistrales del viejo director. Aún le queda cine… y, como con Woody Allen, uno siempre esperará su siguiente estreno.