La reválida y la disciplina de voto

Este miércoles decenas de miles de estudiantes acudieron a la huelga para así, además de protestar, dejar de aprender durante un día. ¿Tiene sentido que el ejercicio de un derecho –dudoso en cuanto la huelga lo es tan solo de trabajadores– repercuta en el propio perjuicio? En cualquier caso, tuvo su efecto y ahora Mariano Rajoy presidente del Gobierno, decide que las reválidas quedan en suspenso.

Es decir, la de 2º de Bachillerato continuará siendo la selectividad de toda la vida con las modificaciones que, se supone, algún día estipularán las autoridades educativas. Y las del resto de cursos como una supuesta prueba de diagnóstico que para lo único que servirán es para perder un par de días de clase, perturbar el correcto desarrollo del curso académico y, sobre todo, añadir un importante gasto que, aquí nada es gratuito, supongo beneficiará a alguien más o menos cercano al poder.

En este rincón se ha repetido hasta la saciedad que el problema educativo español, aparte del clima social de molicie intelectual y desprecio del talento y la cultura, reside principalmente en unos planes de estudios tan absurdos como inútiles, ineficaces, delirantes. Seguimos discutiendo sobre si debe haber o no catequesis en las escuelas cuando nuestros estudiantes no aprenden –ni en clase ni en huelga– a escribir, a leer, a analizar, a pensar, a desarrollar el espíritu crítico.

Entre las grandes carencias del currículo se encuentran el derecho y el pensamiento político. Apenas ningún estudiante del curso 2016-17 sabe muy bien qué es eso del Congreso y qué narices está pasando ahí. Votarán en pocos años, pero no tendrán nada claro qué es eso de las elecciones legislativas, las listas cerradas o los larguísimos plazos que nos constriñen como si aún viviésemos en el siglo XIX.

Por otro lado no vendría mal leer a Rousseau. El pensador ginebrino, en el libro II o III de El contrato social, afirmaba que la democracia representativa no servía porque los elegidos defenderían antes sus intereses que el de sus electores. Y si bien una democracia directa es de imposible ejecución en un país grande, no le faltaba razón en su diagnóstico de las democracias contemporáneas.

Porque, como llevan defendiendo varios medios de comunicación afines al poder desde hace semanas, en nuestro entorno la disciplina de voto es una constante. Según nos cuentan, tanto en Alemania como en el Reino Unido los diputados siguen las consignas de sus respectivos partidos. ¿Dicho ejercicio despótico –en el sentido de Montesquieu– tiene algo que ver con la voluntad general de Rousseau?

Si bien desconozco cómo funcionan exactamente otros sistemas democráticos, gracias a la disciplina de voto en España los diputados defienden antes las siglas de su partido que los intereses de sus electores. Se vota en bloque lo que se decide en la sacristía del partido, nunca lo que interesa a esta o aquella circunscripción. De ahí que prolifere enormemente la colocación de candidatos cuneros en las listas de prácticamente todos los partidos.

Nada sorprendentemente, nuestro sistema educativo permite que los nuevos electores sean incapaces de enfrentarse crítica y responsablemente a la situación política. Por no hablar de su incapacidad para vencer las querencias irracionales y para tomar decisiones meditadas y serenas. Personalmente, defiendo una educación que permita a los nuevos ciudadanos darse cuenta de lo que hay y de lo que falta, percibir los muchos y diversos dislates que nos afectan y reflexionar sobre dónde y en quién residen las posibles soluciones al problema.

En definitiva, y tristemente, creo en una utopía sobrevenida gracias al declive gigantesco y constante de la educación escolar y universitaria. ¿En serio alguien piensa que alguno de nuestros políticos arreglará tan serio y preocupante problema?

“Con reválida y sin reválida yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”.