Inferno

Con El código Da Vinci Dan Brown, aparte de tocarle las narices a la Iglesia, tocó el cielo y, de paso, le dio un tiro de gracia a la lógica narrativa. La novela, como luego la película, se pasaba por el arco del triunfo cualquier cercanía a la verdad histórica, supongo que algo lícito cuando escribes ficción. Lo peor, empero, era que la trama carecía de consistencia, se contradecía, hacía aguas por todas partes.

Apenas importó, porque libro y película fueron un enorme éxito de taquilla. Hasta tal punto que ya tenemos saga cinematográfica protagonizada por un tal Robert Langdon, experto en acertijos, dizque en Historia y Literatura, tan hueco como carente de atractivo o interés dramático. Un personaje inane, propio de este siglo, impropio de un actor del calibre de Tom Hanks.

Acaba de estrenarse Inferno, la tercera entrega de las aventuras de Langdon. Al no haber leído la novela, desconozco si son ciertas las afirmaciones sobre que el filme traiciona flagrantemente el argumento original. En lo meramente cinematográfico tenemos otra entrega que se aleja –no sé si premeditadamente– de los datos históricos y carece de cualquier lógica narrativa. Pero, eso sí, va a toda velocidad para ver si así no te das cuenta de nada.

Para mayor inri, al principio a Langdon le inyectan una droga que le hace tener visiones, con lo que el filme juega a mezclar lo real con lo onírico para así despistar aún más a un espectador incapaz de analizar siquiera en qué consisten los enigmas que tan insustancial protagonista va resolviendo –la droga, se entiende, solo actúa cuando interesa al guionista–.

En Inferno Langdon nos salva de la amenaza de una terrible plaga capaz de diezmar a la Humanidad. Para ello tiene que usar todo su gran saber sobre un Dante que poco o nada tiene que ver con el que escribió la Vita nuova o la Divina Comedia. Pero, como esto es Hollywood, apenas importa que nos mientan descaradamente.

La peli, a pesar de ir a toda mecha, en numerosas ocasiones me despertó varios bostezos, valga el mal juego de palabras, seguramente porque costaba hacerse a tantos personajes fútiles y tan inopinados giros de guión que, a la postre, eran meros fuegos de artificio: en Inferno apenas hay nada que no sea maquillaje y trampas argumentales.

En cualquier caso, hay que reconocerle el mérito a Ron Howard, el director. A pesar de haber rodado en Florencia, Venecia o Estambul, es difícil mostrar con menos gracia la indudable belleza de dichas ciudades. Más allá de algunas tomas aéreas, aquí también se nota la falta de pericia, la carencia de interés, el haber recurrido a escenarios más baratos cuando la ocasión lo requería. Inferno ni siquiera es bella en su ambientación, lo que tiene bemoles.

Los fans de Dan Brown andan airadamente insatisfechos porque la peli no ha sido fiel al original. Los que amamos el cine caminamos cabizbajos porque estas películas hacen más daño que bien al futuro del séptimo arte. Y si encima adoramos la Literatura y la Historia, buscamos un abismo dantesco por el que arrojarnos para no continuar viendo lo que le hacen a nuestro pasado.

Pero, claro está, ¿quién narices se ha leído la Divina Comedia a estas alturas de partido?