Bob Dylan, poeta laureado

Cuando, en 1341, Petrarca fue coronado poeta laureado, culminó el lento proceso que sustituyó la vieja poesía provenzal por vates  supuestamente más elevados. Los trovadores de los siglos XII y XIII eran virtuosos técnicos cuyos poemas estaban destinados a ser interpretados por juglares. Pura poesía para ser cantada frente a la que se escribe para ser leída.

La Academia de Estocolmo acaba de coronar a Bob Dylan con su premio Nobel de Literatura. Un viaje en el tiempo que, por fin, coloca en su sitio a los autores de canciones que, además, han escrito soberbias composiciones poéticas. Dylan, de eso no hay duda, es un soberbio músico, pero donde reside su auténtica grandeza es en la calidad de sus letras, joyas magníficas del género lírico.

Aparte, Bob Dylan no un simple poeta popular. Desde sus comienzos en el Village neoyorquino ha sido conocido por mezclar las influencias de genios consagrados como Baudelaire –una de sus lecturas predilectas– o Dylan Thomas con toques de los beatniks y de los principales autores de la música popular y folk norteamericana. Dylan, como cualquier otro gran escritor, ha bebido de numerosas fuentes para crear versos inolvidables.

Quizás por ello sus viejas canciones protesta, como Masters of War o With God in our side, son hoy tan actuales como cuando se crearon para gritar contra la guerra de Vietnam. Son dos himnos antibelicistas que superarán la barrera del tiempo como sucede con las obras maestras de la literatura. Y lo mismo podría decirse de dos joyas como The times they are a-changing o la mágica Blowin’ in the wind.

Dylan, por otro lado, probablemente sea uno de los poetas más versátiles de siempre. Sus poemas (canciones) amorosos son de una belleza digna de Dante, Petrarca o Shakespeare. Ahí tenemos temas inolvidables como I want you, Just like a woman, If you see her, say hello o Sara. Magnos poemas en los que sobresalen sencillos versos que nos muestran el amor de manera sabia y contundente. Por ejemplo, “She might think that I've forgotten her/ Don't tell her it isn't so”.

Pero donde quizás más haya sobresalido Dylan haya sido en el formato de canción “río”, esos larguísimos poemas que en ocasiones ocupaban la cara entera de un LP y que contaban historias o atrapaban ambientes o sentimientos. Por ejemplo, Desolation Row, Sad eyed Lady of Lowlands

O, sobre todo, Like a Rolling Stone, a menudo considerada la mejor canción de la historia del rock. En ella cuenta la historia de una chica bien venida a menos, una arrogante jovenzuela que vivió demasiado deprisa para quedarse sin nada, incluso sin secretos porque ahora es invisible. Este soberbio poema es el mejor sobre el efecto post-Carpe Diem, tópico no tan habitual como debería.

Por si fuera poco, Bob Dylan, con grandes altibajos –¡qué remedio!– lleva medio siglo componiendo música y escribiendo poemas. Pero, ¡Dios mío, qué poemas! Prolífico y genial, su libro con todas sus letras es una joya indispensable en toda biblioteca que se precie.

Todas esas burlas que se escuchan por que se haya dado el Nobel a Bob Dylan son hijas de la ignorancia. Estocolmo, como hace rara vez, ha premiado a un grandísimo poeta. Y si además canta es porque, a su manera, encaja con aquellos viejos trovadores que componían letras para ser escuchadas. Y como estos, el nuevo bardo domina la técnica para situarla al servicio de un talento inconmensurable.

Dylan laureado. Por fin la poesía popular –en el sentido de que gusta a más gente que la de los libros– vuelve a la altura de la de Petrarca, Shakespeare, Keats o Baudelaire. Es un primer paso para que aquí en España comencemos a considerar a Rafael de León, Joan Manuel Serrat o, sobre todo, Joaquín Sabina como realmente se merecen.

Porque, ¿de dónde se cree la gente que procede la palabra lírica?