Competencias e incompetencia

Si uno echa una ojeada a la última media docena –muy larga– de leyes españolas relacionadas con la educación enseguida se da cuenta de que están llenas de palabras grandilocuentes que esconden conceptos abstrusos que, en la práctica del día a día, son tan hueros como inútiles. El gran problema de nuestros colegios son los contenidos, el qué se da en el aula, pero en estos tiempos prima el postureo, el alarde de la palabra rimbombante sin sentido.

Ya en la LOE se habló de las competencias básicas que un alumno debía adquirir tras su paso por el colegio. Así, en lugar de aprender qué río pasa por Valladolid, quién fue Felipe II o la interpretación geométrica de la derivada, el estudiante había de adquirir: a) competencia en comunicación lingüística; b) competencia matemática; c) competencia en el conocimiento y la interacción con el mundo físico; d) competencia en el tratamiento de la información y competencia digital; e) competencia social y ciudadana; f) competencia cultural y artística; g) competencia para aprender a aprender; y h) autonomía personal.

Como ya escribí en su momento, pasamos del posible analfabetismo a la probable incompetencia, supongo que traducido en nuestro alto índice de fracaso escolar, cifra que, a pesar de reducirse, sigue poniéndonos a la cabeza de la OCDE.

La nueva LOMCE, peor aún que su predecesora – esto nada tiene que ver con los partidos– sigue con el asunto, solo que reduciendo en uno el número de competencias clave y dándoles otros nombres: a) competencia en comunicación lingüística; b) competencia matemática y competencias básicas en ciencia y tecnología; c) competencia digital; d) competencia para aprender a aprender; e) competencias sociales y cívicas; f) sentido de iniciativa y espíritu emprendedor; g) Conciencia y expresiones culturales.

En primer lugar hay que tener en cuenta que la competencia digital nada tiene que ver con el manejo habilidoso de los dedos. Y resulta hasta risible esa insistencia en lo de aprender a aprender, algo tan de cajón que se observa en cualquier documental de naturaleza.

Lo curioso es que, al unir matemáticas y ciencias, parece que esta ley es más humanista, aunque en ninguna de las dos se citen asuntos como el conocimiento histórico, el espíritu crítico o la capacidad reflexiva. Quizás por eso la nueva ley, esa LOMCE de…, se ha cargado la Historia de la Filosofía y ha arrinconado un poquito más todas las materias humanísticas.

Pero lo que más llama la atención es la inclusión de la iniciativa y el espíritu emprendedor, antitética con lo oneroso que en España conlleva el ser autónomo o las trabas administrativas para montar un negocio. De todas maneras, el mundo es el que es y, en las leyes y gran parte del mundo de la educación, se habla constantemente de lo que demandan las empresas de sus futuros trabajadores.

Pero del mismo modo que al colegio no debería competerle la preparación de ingenieros o arquitectos, su función no es la de “construir” trabajadores. La educación primaria y secundaria debería dedicarse en pleno a crear buenos ciudadanos que sepan cumplir con sus deberes y derechos en un sistema democrático.

Todo lo demás son zarandajas y/o exabruptos. A ver si aprenden a aprender de una puñetera vez y nuestros mandamases se dejan de chorradas y nos dan una ley que se base en el esfuerzo y la excelencia y promueva la formación integral del individuo.

Mientras tanto en los colegios se hace lo que se puede… contra viento y marea, contra ley y ley y ley y…