Nuevos modelos

De manera lógica, aunque se pierda mucho en el proceso, el nuevo cine se abre a caminos narrativos que, a menudo, desembocan en modelos arquetípicos y personajes estereotipados. Como en toda disciplina creativa, en el cine siempre ha habido modas que, según los presuntamente más sabios, reciben la denominación de movimientos artísticos.

Por ejemplo, desde hace algunos años existe cierta clase de melodrama sobre cuestiones financieras en el que necesariamente sale un personaje despreciable que esnifa coca, miente mucho y se ríe como un gilipollas. En este sentido, el personaje que Jonah Hill encarna en Juego de armas no dista apenas del que interpretó en El lobo de Wall Street. Ha cambiado la risa, y nada más.

Juego de armas es la adaptación al cine de un artículo –publicado por la revista Rolling Stone– sobre unos tipos que, entre la estafa y la pillería, consiguieron un suculento contrato para vender armas al ejército de Estados Unidos. Así, la película es en una suerte de docudrama más o menos verídico. Pero, como el asunto no da para mucho, en cuanto se supera la sorpresa inicial la película cae en un parón de tensión dramática, es decir, parece más un documental que un auténtico largometraje.

Y eso que se intenta dotar a Juego de armas de una pátina cómica que aligere la ausencia de historia. Pero el director, Todd Phillips –director de Resacón en Las Vegas–, carece de la sutileza del David O. Russell en El lado bueno de las cosas o La gran estafa americana, dos grandes pelis que saben jugar con el drama bufo y la comedia seria.

Por no saber, Phillips, dominador del tema en la comedia pura, ni siquiera ha conseguido optimizar el modelo de los personajes y escenas pasados de vueltas, y se ha quedado a años luz de El lobo de Wall Street, filme ejemplar en esto del modelo pseudocumental vacuo con los excesos como principal leitmotiv.

En cualquier caso, lo peor de Juego de armas son sus personajes. Al insoportable ya citado se une el otro protagonista, un tipo de lo más normal que hace de narrador, tiene mujer e hija, necesita dinero pero que carece de un mínimo de personalidad. El guión, más atento a lo documental, no ha construido personajes sino que se ha limitado a poner dos pasmarotes sin enjundia a pesar de estar basados en personajes reales.

Por eso, a media que avanza la película según las nuevas convenciones, los nuevos modelos, a uno no le importa un comino si los protas se llevan bien o no –desde el principio uno no se cree que el “bueno insustancial” sea amigo del “sumo imbécil”–,  si el matrimonio funciona o si finalmente les pilla el FBI.

En el viejo modelo lo esencial era crear personajes con identidad y carisma. Pero ahora se lleva más lo del reportaje documental con tintes críticos y sin alardes narrativos. Entonces, cuando los actores, o el guión, o el director, o la fotografía, o lo que sea no funciona… la peli pierde en emoción, en interés, en todo.

Nuevos modelos… que invitan a ver más series de televisión –en este sentido del biopic con fundamento destaca sobremanera Narcos–.