Memorables: La tumba de las luciérnagas

Hace ya tiempo que el cine de guerra ha dejado de ser exclusivamente un género épico sobre las hazañas de los guerreros; ahora también nos muestra las penurias que sufren los ciudadanos. Como decían algunos ilustres atenienses, las guerras siempre las pierden los mismos. Lo curioso es que a menudo la lucha por la supervivencia se tiñe de un tono aún más épico que el de las batallas, las emboscadas. que el de la guerra en sí.

La tumba de las luciérnagas es una obra maestra. Cuenta cómo dos hermanos, Seita y Setsuko, luchan por sobrevivir al final de la 2ª Guerra Mundial. En inopinado flashback, Seita nos cuenta cómo, tras el bombardeo de Kobe, tienen que buscar refugio y, sobre todo, comida para salir adelante.

Centrada así en plena guerra lejos del frente, cuando la población se enfrenta, inocente, a los fragores de las bombas, la película se centra básicamente en la relación entre el hermano mayor, adolescente, y la pequeña, una niña que, a pesar de los pesares, consigue que la existencia tenga dejes de candidez y ternura.

La tumba de las luciérnagas es una película emotiva, durísima, real mas al tiempo sumamente espiritual. Pocas veces un filme ha mostrado con tanta crudeza los horrores de la guerra. Pero, de manera simultánea, es inevitable encariñarse con la pequeña Setsuko, empatizar con el arrojado Seita, capaz de todo por salvar a su hermana.

Para más inri, el filme, a menudo, es de una belleza deslumbrante, sobre todo cuando nos situamos en la perspectiva de la niña, incapaz de entender que el mundo real pueda encajar tan poco con sus fantasías infantiles.

Por eso da igual que esté hablando de una película de animación. Es del estudio Ghibli, pero dirigida en este caso por Isao Takahata, que consiguió que ética y estética construyesen un edifico deslumbrante y sobrecogedor.

La tumba de las luciérnagas es una de las películas culminantes sobre los devastadores efectos de la guerra, aquí desde la perspectiva de los japoneses. A pesar de su dureza, Seita y Setsuko nos recuerdan que, siempre, hay esperanza en uno de los finales más agridulces que recuerdo, de esos que arrancan lágrimas hasta de los corazones más endurecidos. Magistral.