Ridículo Ben-Hur

En 1925 se rodó la primera versión de Ben-Hur, novela de Lew Wallace publicada en 1880. Con 3,9 millones de dólares de presupuesto, fue la película más cara del cine mudo de Hollywood. Para la escena de la carrera de cuadrigas se usaron 42 cámaras, el mayor número jamas utilizado en nada parecido. Y la secuencia aún tiene una magia difícil de igualar.

En 1959, a las órdenes de William Wyler, se realizó la versión más conocida de Ben-Hur. De nuevo la escena más renombrada es la de la carrera, aquí un majestuoso monumento al buen hacer cinematográfico. Pocas veces se ha rodado tan bien y espectacularmente una secuencia de acción.

Ben-Hur, más allá de su condición de novela piadosa, de esenciales connotaciones espirituales, es una historia épica susceptible de magnas producciones cinematográficas para mostrar el mundo antiguo con tanta pompa y grandeza que enardezca a las masas que llenan las salas. Por eso, tanto en 1925 como en 1959, se mostraron los límites hasta los que podían llegar los decorados, los efectos, el montaje… la técnica de cada época en concreto.

Pero nada de lo que se empleaba en aquellas épocas es comparable con la capacidad de crear nuevos mundos que la tecnología nos ofrece en el siglo XXI. Así hemos visto la antigua Roma en Gladiator o la imaginaria Pandora en Avatar. Pero, inevitablemente, tenía que llegar la nueva versión de Ben-Hur para mostrar cómo existen directores incapaces de utilizar bien los infinitos recursos disponibles.

La carrera de la recién estrenada Ben-Hur raya en lo ridículo. Hay momentos en que, más que una competición de cuadrigas o las viejas películas, la secuencia recuerda a uno de aquellos interminables partidos de Oliver Atom y Benji Prize en los que no se respetaban los espacios ni las leyes de la física. La cuadriga del prota, cuando se necesita, acelera cual Ferrari acercándose al 600 de Messala. Bochornoso.

Pero para esta escena se han usado todos los recursos digitales existentes, hoy no demasiado caros para que se utilicen en prácticamente cualquier superproducción. Y, quizás hijos de la superabundancia, la secuencia resulta ñoña, pesada, ridículamente increíble.

Y ese es solo el momento más llamativo de un filme tan plano como prescindible: los personajes son huecos, planos, bobos; la historia se desarrolla de manera lineal, sosa, gélida –ni siquiera conmueve un ápice la escena del reencuentro de Ben-Hur con su madre y hermana–; los intérpretes quedan a años luz de Charlton Heston y compañía, como si hoy no se encontrasen intérpretes con fuerza y carisma…

Y, de nuevo, nos encontramos con una presentación sucia y supuestamente realista. Pero luego los romanos luchan como una pandilla callejera o los zelotes –aquellos fanáticos religiosos– son paladines de la libertad. Si el filme transcurriese en el espacio, ya tendríamos tropecientas opiniones de expertos diciendo que este Ben-Hur es basura en su recreación histórica.

Por suerte, no es difícil poder volver a ver el Ben-Hur de 1959. La de 1925 se puede disfrutar en Youtube, y especialmente recomendable es este breve documental. La revolución tecnológica nos ha traído a un mundo inconcebible hace solo tres décadas. Pero en el camino nos hemos dejado muchas cosas. Aquel era cine grandioso, lo máximo a lo que llevaba una época; y ahora tenemos demasiados enanitos jugando a ser gigantes. Espanto cinematográfico, una parada de monstruos y mindundis sin sentido estético, narrativo ni épico.

P.S.: No se puede entender Ben-Hur sin su connotación cristiana. Ahora, por supuesto, lo espiritual es una anécdota, algo simplón y sin sustancia, algo tan frío como el gesto de Jack Huston, el protagonista.