El emperador desnudo

De lo escuchado esta semana en el Congreso de los Diputados no se puede extraer una sola idea. Nuestro parlamento es el escenario donde, desde hace décadas, nuestros políticos representan una mala comedia de contenido huero y formas toscas. ¡Si por lo menos algún parlamentario tuviese cierta gracia a la hora de hablar y construir sus discursos!

Suelo evitar escuchar las sesiones del Congreso por prescripción médica. Aunque a veces haya afirmado lo contrario, no creo que nos merezcamos a nuestros representantes. España tiene un nosequé que la hace sobreponerse a los peores retos y los mayores problemas. Pero, ¿sobreviviremos a la época de Mariano Rajoy?

Contaba Coucheau que descubrió la figura de nuestro actual presidente del Gobierno cuando era vicepresidente de la Xunta de Galicia. Coucheau llamó a Gerardo Fernández Albor para prevenirle sobre una moción de censura con visos de tener éxito. Pero el a la sazón presidente gallego afirmó que “Marianín” le había asegurado que todo estaba controlado. Pocos días hubo cambio de gobierno en Galicia.

Desde entonces, Rajoy ha ido creciendo en el Partido Popular sin hacer mucho –ni ruido ni nada–, pasando por numerosos ministerios sin dejar huella y, hasta que José María Aznar le señaló con el dedo para sucederle, sobreviviendo solapado como un buen Stalin a la sombra de Lenin. Luego, líder supremo del partido, apenas ha dejado que crezca la hierba en el solar afincado en Génova.

A Rajoy se le suele tildar de astuto, cuando es simplemente hombre de dejar pasar el tiempo a ver si se arregla todo. Solo actúa, a través de otros, para librarse de rivales dentro del partido. Y, mientras tanto, aun instalado en La Moncloa, se ha solazado en la contemplación televisiva de los más grandes eventos deportivos.

El pasado martes –jornada de descanso en la Vuelta–, en su discurso de investidura, apenas dijo nada. Recalcó el buen hacer de su propio gobierno para mejorar las cifras de la crisis –sin aludir al desmedido crecimiento de la Deuda Pública– y mostró un desdén mayúsculo por todos sus adversarios, incluso por los que iban a votar que sí a su candidatura. Su desprecio creció el miércoles, cuando ya la faltaban las fuerzas para seguir adelante con tan hercúleo esfuerzo.

Rajoy es un político sin ideas y sin fuerza, indolente hasta la extenuación ajena, nocivo y tóxico en cuanto no deja que nada le haga sombra, que nada crezca a su alrededor. No se sabe muy bien si es liberal o democristiano, si defiende esto o aquello… solo tenemos la certeza de que es madridista. Ahí está, desnudo, sin que nadie de sus cercanos diga una palabra en su contra. Y, lejos de que la prensa afín del PP, como el niño del cuento de Andersen, denuncie sus carencias, solo encuentra servilismo y lisonjas de aquellos que deberían criticarle.

España, en lo político, está estancada. Y gran parte de la culpa la tiene Mariano Rajoy, culpable in eligendo e in vigilando de la corrupción aneja a su partido. Precisamente es el PP, su gente, la que debería quitar de en medio a un político que ha hecho mucho más mal que bien al común de los mortales. Pero nadie se mueve, que en los partidos sin maquinaria democrática los sueldos dependen del dedazo del de arriba.

Como decía Coucheau, nadie en Occidente tiene tanto poder como un presidente del Gobierno de España. Así, desnudo nuestro emperador, lo político se enquista porque ahora tocan elecciones en Galicia y Euskadi. Quizás alguien debería mover ficha para que las cosas cambiasen y, a lo mejor, mejorasen.

P.S.: No es este artículo que quiera decir que los rivales de Rajoy sean mejores o peores que este. Jamás me iría a comer con Sánchez, Iglesias, Rivera, Tardá… Pero con Rajoy no se va a ninguna parte, y son los suyos –prensa y partido– los que deberían librarnos de su figura, largarle a un plácido retiro de Consejo de Estado, sofá y televisor.