De cómicos y comedias

Ha muerto Gene Wilder, protagonista de la inolvidable El jovencito Frankenstein, sin duda su mejor película. Wilder, a pesar de su harto irregular filmografía, fue un cómico clave en el cine desde finales de los 60 hasta mediados de los 80.

Entre sus películas más populares destacan las que coprotagonizó junto a Richard Pryor, en especial El expreso de Chicago. De las que rodó a las órdenes de Mel Brooks, me quedo con la ya citada en el primer párrafo y con Los productores. Y, para toda una generación, encarnó –junto al Dudley Moore de 10, la mujer perfecta– la quintaesencia de hombre rijoso que pierde la chaveta por una fémina en La mujer de rojo, filme que también dirigió.

Wilder tendía a ser excesivamente histriónico. Pero tenía vis cómica y carisma. Siempre se le reconoce en pantalla. Los actores que protagonizan Cuerpo de élite, por el contrario, no tienen ni gracia ni personalidad. Están ahí, al servicio de un mediocre guión, pero apenas aportan nada para que la película se salga de lo normal.

Cuerpo de élite es una comedia de aventuras que pretende caminar a medio camino de Mortadelo y Filemón y Torrente: un grupo de cinco policías y pico, una suerte de caricatura de la España autonómica, lucha contra una amenaza tan plana como absurda. No hay nada que sostenga a la comedia.

Lo curioso es que el personaje de María León, que hace de Guardia Civil de increíble puntería, ha puesto en pie de guerra a Coria del Río porque, en un momento de la peli, el personaje afirma que las chicas de dicho pueblo solo tienen dos salidas: o la Benemérita o la prostitución. España no es un país con sentido del humor, a pesar de las apariencias, y el malaje sale de paseo cada vez que se hace un chiste mínimamente crítico, ajustado o no a la realidad.

Cuerpo de élite, en gran parte, se nutre de viejos chistes estereotipados sobre vascos, catalanes, andaluces y madrileños. Chistes malos de solemnidad. Es más bochornosamente ofensiva, por pésima, su primera media hora, pero lo que ha trascendido es un comentario tan torpe como inofensivo. Puestos a cabrearnos, quememos El bobo de Coria de Velázquez –cuadro cuyo verdadero título es El bufón Calabacillas– y, ya de paso, El niño de Vallecas.

Cómico mucho más fino ha sido y es Woody Allen, cuya película anual acaba de estrenarse. Café Society es más drama que comedia a pesar de la crítica contra el viejo Hollywood. En el fondo, es una tragicomedia romántica en la que destacan algunos diálogos y la espléndida fotografía de Vittorio Storaro.

Pero, como suele ocurrir en las últimas películas de Allen, es una suerte de batiburrillo que recoge sus temas recurrentes: el triángulo amoroso por aquí, el gánsgter cómico por allá, el rojo incapaz de comprender el mundo, el neurótico con gancho para las mujeres, los chistes sobre judíos, etc.

Da la impresión de que todo lo que sale en Café Society ya lo hemos visto, y en mejor versión; falta la mordiente de las mejores obras de Woody Allen. A pesar de todo, hay un par de frases ingeniosas, dos o tres movimientos de cámara, algún hallazgo interpretativo… que impiden que olvidemos que estamos ante la obra de un genio.

Lo peor de Café Society –que, pese a todo, se deja ver– es Kristen Stewart, hija “crepuscular” que aún tiene cabida en el cine estadounidense. Tiene tan poco don para la comedia que bien podría haber participado en Cuerpo de élite, una de las peores películas españolas que recuerdo –aun así ha hecho buena caja; grata noticia, supongo–. Nada que ver con Gene Wilder o Woody Allen. Quedémonos, entonces, con El jovencito Frankenstein y con Manhattan, Hannah y sus hermanas, Otra mujer y un eterno etcétera.