Memorables: La cinta blanca

El cine europeo, de vez en cuando, entrega al mundo alguna de esas películas que, además de estremecer, sientan cátedra sobre el buen hacer dramático y estético. La cinta blanca, del director Michael Haneke, es uno de estos filmes imprescindibles, duro desde la sugerencia y la sugestión, magno en el enorme abanico de interpretaciones y meditaciones que se abre tras su visionado.

La cinta blanca cuenta cómo, en un pequeño pueblo alemán, ocurren unos extraños sucesos inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial: un cable derriba al caballo del médico, el hijo del barón/cacique es salvajemente maltratado, muere una mujer en un inexplicable accidente, etc.

Así, a partir de la mirada del maestro del pueblo, al tiempo narrador en off, La cinta blanca nos describe cómo era la sociedad rural centroeuropea de principios del siglo XX. Hay mucho de reportaje en esta película rodada en blanco y negro y que, por estética, recuerda infinitamente a las mejores obras de Ingmar Bergman.

Pero no es un filme discursivo. Durante su metraje ocurren muchas cosas, aunque lo importante es aquello que no se ve, que tan solo se adivina, y que en cierto modo es una explicación de una sociedad de rigor hipócrita que, 20 años después, daría paso a la más terrible de las dictaduras.

La cinta blanca, empero, es mucho más que una alegoría sobre la barbarie del nazismo. Habla de la opresión de los campesinos alemanes, la salvaje educación del más rigorista protestantismo, la impotencia del ideal ilustrado representado por el maestro, la imposibilidad del amor en una sociedad tan cruel como ciega… Es una de estas películas que, desde la aparente sencillez de la trama, crea un enorme mundo de crítica e interpretaciones.

En cierto modo, esta película recuerda a una novela de Dostoievski por lo opresivo de sus escenas, por lo tenso de los diálogos, por lo complejo de sus ideas. Pero, a diferencia del novelista ruso, Haneke no nos da una explicación completa de lo sucedido; solo lo sugiere. Lo que incrementa la sensación de impotencia ante la barbarie humana encarnada en la presunta inocencia de la infancia.

Terrorífica, magistral.