La ejemplar Ruth Beitia

La risueña Ruth Beitia nos lleva acompañando todo el siglo. Trabajadora, elegante, humilde, siempre ha sabido competir con la más absoluta deportividad. Noble, ha sido un ejemplo tanto en la derrota como en el triunfo. Quizás por ello sus rivales la tratan con enorme deferencia y, a menudo, con gran cariño. Pocas medallas de oro habrán sido tan celebradas como la que nuestra ilustre cántabra ha ganado en Río 2016.

Beitia pertenece a ese grupo de atletas que representan inmejorablemente el espíritu olímpico. Con su sonrisa, sus modos delicados y su encomiable capacidad para el esfuerzo y la superación, debería ser ejemplo a enseñar e imitar en todos los colegios de España, de Europa, del mundo.

Ese mismo modelo lo siguen los miembros de nuestras selecciones olímpicas de baloncesto, desde Pau Gasol a Alba Torrens pasando por casi cualquier miembro de las plantillas. También es el caso de Rafa Nadal, que lo ha ganado todo y al que nunca se ha visto más contento que cuando le tocó hacer de abanderado del equipo español.

En otros países también hay atletas discretos, ejemplo de humildad y trabajo. Allyson Felix, con su medalla en los 4×400, se ha convertido en la atleta con más oros de la historia olímpica. A pesar de las dudas que puede levantar su entrenador, Bob Kersee, la corredora estadounidense es un adalid en la lucha contra el dopaje y, siendo la más laureada de la historia, siempre se mueve con la delicadeza de los que no se creen dioses, a lo que ayuda una sonrisa tan amplia como reconfortante.

La proeza de Felix, empero, apenas trascenderá más allá de un par de medios especializados. Nada puede esta atleta contra el brillo de Usain Bolt, el mejor corredor de la historia y que, para la fama, tiene la enorme ventaja de su arrogancia vestida con tintes de showman digno del prime time.

Bolt gusta más a la gente porque, tras ganar desde su evidente y connatural superioridad, se manifiesta como un Aquiles redivivo que ansía la inmortalidad de la gloria.

Peores ejemplos son los jugadores de la selección masculina de Estados Unidos, huéspedes de un yate de lujo y no de la villa olímpica que, como la propia NBA invita a hacer por mor del espectáculo, encarnan la arrogancia y el desprecio hacia al rival, la chulería y el músculo como gran arma deportiva.

Con el permiso de Phelps y Simone Biles -otros dos buenos ejemplos- Bolt, Durant o Neymar serán las caras más reconocidas de estos Juegos Olímpicos. Los medios de comunicación, quizás, necesitan del macarra con modos de taberna arrabalera, el chulo que alardea de su superioridad y se encanta ante el espejo.

A mi entender, por el contrario, los verdaderos héroes de los juegos son los deportistas que demuestran serlo desde la corrección, el trabajo y el respeto al rival. Y la superación. Pocos ejemplos mejores que el de Ruth Beitia, campeona olímpica de salto de altura.