Viejos y nuevos héroes

No recuerdo unos juegos más broncos y desagradables que estos de Río 2016. La otras veces alabada torcida brasileña ha pisoteado en innumerables ocasiones el espíritu olímpico al abuchear a los rivales de sus compatriotas. Destaca el episodio del pertiguista francés Renaud Lavillenie, no solo abroncado por la hinchada durante la competición sino también cuando recogió su medalla de plata.

Las lágrimas de Lavillenie, en el podio, aguantando la presión sin un mal gesto, allí quieto –cualquier persona normal se habría largado de allí lanzando improperios–, son una de las imágenes más conmovedoras de estos Juegos Olímpicos. También lo es el ejemplo de la neozelandesa Nikki Hamblin y la estadounidense Abbey D´Agostino que, tras tropezarse en una de las series de los 5.000 metros, continuaron juntas hasta terminar la prueba, una de ellas cojeando ostensiblemente.

Así, la heroicidad en los Juegos nace de lo extraordinario; a veces se enfrenta a la perfidia humana –en Brasil hija del nacionalismo peor entendido–, otras rompe con las rutinas para mostrar lo que, en el ideal, es la suprema humanidad. Más allá de Phelps, Bolt, Ledecki y demás, el espíritu olímpico debería celebrar al humano medio que se sobrepone a la adversidad.

Como nuestras chicas de baloncesto que, a pesar de llevar años tras la triunfal estela del equipo de Gasol y compañía, siguen ocupando un lugar menor en nuestros medios de comunicación. Anna Cruz, Laura Nichols, Astou Ndour… se superan cada día para ser tan dignas de una oda de Píndaro como Sergio Llull, Nicola Mirotic o Rudy Fernández.

Mientras Río, con sus espectadores, delirantes horarios y pésima organización, está siendo una calamidad salvada por los héroes olímpicos –¡Vivan también las chicas de balonmano y waterpolo, los remeros…!–, nuestro viejo héroe, El capitán Trueno, se queda huérfano con la muerte de Víctor Mora, creador y guionista de tan heroico personaje.

Recuerdo de joven emocionarme con las aventuras del protagonista, reírme con Goliath, enamorarme de Sigrid y nunca entender qué pintaba Crispín en aquellos tebeos. Junto a otros cómics, como El guerrero del Antifaz, Pedro Alcázar y Pedrín o el TBO, fueron mis primeras inmersiones en el pasado creativo español.

Además, sus viñetas fueron las que –junto a mis padres y abuelos – abrieron las puertas a los tebeos extranjeros, como Tintín, Lucky Luke o Astérix, antes de dar el paso a Spiderman y Batman, a los grandes maestros belgas Jean Van Hamme y William Vance, al estadounidense Frank Miller y, más recientemente, el infinito universo del manga –por regla general fantásticamente apoyado en el anime–.

En esos cómics, más que en las novelas, se forjó mi idea de lo que deben ser los auténticos héroes, personajes con honor capaces de superar las más complejas pruebas y vencer a los más despreciables enemigos. A veces con humor, en otras con realismo, las más con enorme fantasía.

De ahí que, al enterarme de la muerte de Víctor Mora, no he podido evitar acordarme de Lavillenie llorando en el podio, de Cruz metiendo una canasta en el último segundo, en Nerea Pena chocando su balón contra el poste, en Héctor despidiéndose de Andrómaca… en los personajes que, según avanza el tiempo, van conformando mi imaginario de lo heroico… pues ellos supieron o han sabido enfrentarse a los retos, a veces al mal, de una manera impensable para el resto de los humanos.

P.S.: A falta de niños inocentes en el seno del PP, ¿quién va a ser el héroe que le diga al emperador Rajoy que va completamente desnudo?