Al final del túnel

Es evidente que en vacaciones tenemos más tiempo para ir al cine. Bien por eso mismo, bien por la crisis creativa, bien porque el público cada vez exige menos, lo cierto es que apabulla el escaso atractivo y el nulo reto intelectual que suponen los estrenos de verano, aún menos profundos que los del resto del año.

Ahí tenemos un remake de Cazafantasmas, ahora en versión femenina. Asombra ver que la original obtiene altas calificaciones cuando, lejos de la sorpresa que los ahora trasnochados efectos provocaron en 1984, es una comedia plana por la que sí ha pasado el tiempo. Por otro lado, Kristen Wiig no es Bill Murray ni Melissa McCarthy Dan Aykroyd, como se puede comprobar al comparar los episodios de la primera época de Saturday Night Live con los actuales: más allá del noticiario, ahora es un show de gags insustanciales interpretados por artistas sin vis cómica.

Aun así, el verano también puede ofrecernos alguna película interesante, que distribuidores y exhibidores de vez en cuando se despistan. Al final del túnel es una película argentina que cuenta cómo su protagonista pretende engañar a unos butroneros que cavan su túnel desde el sótano de la casa vecina.

Nos situamos, así, en una película de robo de banco desde la perspectiva de un testigo involuntario. El protagonista, condenado a una silla de ruedas, solitario y misántropo, entregado a una vorágine autodestructiva, descubre a los ladrones y muestra su ingenio para, a su modo, alcanzar su propia redención y reencontrar sus ganas de vivir. Para ello es fundamental el personaje femenino que, por oscuras razones, se instala en su casa como huésped, acompañada por una hija que lleva sin hablar desde hace dos años.

Personajes desheredados que se redimen en una película bien escrita y dirigida por Rodrigo Grande, argentino que ha sabido renovar el subgénero para mostrarnos un filme que durante sus tres primeros cuartos de metraje es harto interesante en el desarrollo de la historia, construida sobre leves sugerencias que dicen mucho más de lo que se ve en pantalla. Solo su desenlace –en lo que los estadounidenses llaman la “batalla final”– se entrega a lo previsible e improbable, a lo ya manido y característico del cine del nuevo siglo.

Entre las grandes virtudes del filme se encuentran las interpretaciones, especialmente las de Leonardo Sbaraglia y Clara Lago, que encarna a una argentina, enseñando así que también nuestros actores pueden bordar eso de los acentos, asunto que tanto se desprecia en España mientras en Estados Unidos ha valido un sinnúmero de Oscar.

Pero, insisto, Al final del túnel muestra el camino de lo dramático porque nos muestra la redención del protagonista, que a veces recuerda al James Stewart de La ventana indiscreta y otras al Walter White de Breaking Bad, todos ellos personajes que se incardinan en la tradición de catarsis purificadora –valga la redundancia– de los trágicos griegos.

Al final del túnel no es una obra maestra, pero es una buena película, realizada con corrección y creada con talento. Muestra una luz para aquellos que quieran verla. En cierto modo, desde hace siglos todo está contado, pero la buena imitatio es la base del arte de todos los tiempos, y que consiste en algo más que en cambiar el sexo/género de los personajes.