Catetos olímpicos

Entre las ideas comúnmente aceptadas por todo el orbe se encuentra la de que en el siglo XXI formamos un planeta globalizado; más que nunca tenemos la impresión de ser auténticos ciudadanos del mundo. Y bien cierto es que la revolución digital nunca ha hecho más pequeña y recogida a nuestra maltrecha y querida madre Tierra.

Por ejemplo, en casi todos los países se ha eliminado la prosodia como algo auténticamente deseable y se ha dejado que los acentos caractericen a todos los ciudadanos con independencia de su nivel educativo. También tenemos la universalización de los aparatos electrónicos que nos mantienen constante y cansinamente unidos a esa red que nos convierte en perfectos terráqueos de condición cuasihumana.

Y también están, como en Grecia hace un par de milenios –hasta que la Iglesia los consideró nocivos para la salvación del alma–, los Juegos Olímpicos, que reúnen a deportistas de todo el planeta para competir por las medallas, recompensa simbólica y material, pues ya los olímpicos no son simples amateurs en busca de gloria.

Sin embargo, las retransmisiones deportivas no celebran lo universal de los juegos, sino lo nacional, lo aldeano. En España, patria cansada, los funcionarios de RTVE –pésimos comunicadores escasamente cultivados– y demás periodistas que cubren los Juegos se centran casi exclusivamente en lo que logran, o no, los atletas españoles.

Sí, también hacen referencias a los nombres más famosos –Phelps, Ledecky, Uchimura, Bolt, etc.– pero lo habitual es que digan hasta dónde ha llegado nuestro deportista sin mencionar, casi nunca, al ganador de la prueba, mucho menos la plata y el bronce. Su mirada, como borricos con anteojeras, se centra en los habitantes del pueblo español, que quizás es lo que mejor entretenga a sus compatriotas.

Este reduccionista fenómeno también es global. Hace cuatro años vi casi todos los Juegos Olímpicos de Londres a través de un canal británico de televisión. Como nosotros, los periodistas de la Gran Bretaña, con las inevitables excepciones ya mencionadas, solo hablaban de sus atletas.

Lo que supone una antítesis entre el cosmopolitismo que nos gusta pensar como ideal y el auténtico espíritu aldeano que nos domina. Contradiciendo el espíritu olímpico, periodísticamente cobra más importancia una “medalla de chocolate”, un diploma o, incluso, una eliminación en primera ronda que los ganadores de la competición.

Alberto Caeiro era feliz en su aldea, y consideraba más bello el río que la cruzaba que el Tajo. Píndaro, en el otro extremo, celebró a los ganadores de los Juegos Olímpicos –y de los demás juegos panhelénicos– sin importar su polis de procedencia. La gloria estaba en el ganador sin importar si era o no paisano.

Sin duda alguna esta manera de ser y pensar –bien lejana a los nacionalismos extremos y populistas que proliferan en Occidente– permite que el pueblo se distraiga. Pan y circo vía satélite. Quizás por ello el entusiasmo generalizado cuando se dijo que nuestro equipo olímpico iba a ganar más medallas que en Barcelona 92, cálculo optimista rayano en la candidez, en la locura.

Por supuesto, uno se alegra sobremanera de que Mireia Belmonte haya ganado un oro. Pero eso no significa que no compitan otros atletas de otros países. A algunos, solo algunos, nos gustan los Juegos Olímpicos en su totalidad, como competición, sin importar la procedencia de los atletas. Fan de los nuestros pero, sobre todo, ciudadano del mundo.

P.S.: El olimpismo es un canto a las antiguas aristocracias. ¿Quiénes son los miembros del COI? ¿Por qué hay tanta herencia endogámica de los cargos de este tenebroso organismo?