España dividida

En estos momentos de tribulación, cuando la Inglaterra cateta ha arrastrado a Londres y al Reino Unido a la salida de la Unión Europea, se aproximan las elecciones españolas, las segundas que aparentan cambiar el panorama político nacional, aunque solo haya sido en el número de partidos y no en los numerosos vicios de nuestra particular partitocracia.

Las elecciones, según parece, poco van a cambiar el resultado de diciembre. Solo el potencial sorpasso -menuda cursilada la de este término- de Unidos Podemos al PSOE tiene algo de noticia. Lo demás continuará en el bloqueo impuesto por unos políticos de escasos principios y nulas capacidades intelectivas y humanas.

Estos políticos, en líneas generales, toman posturas cerriles que antes atacan al contrario que defienden unas ideas o planes propios, probablemente porque carezcan de ellos y, como casi todo en este planeta, se adapten al entorno como magníficos supervivientes darwinianos. Se distinguen, entonces, solo en las diferencias con el “otro”, se significan porque los “otros” son peores que ellos, más peligrosos o menos dignos de nuestra confianza.

La más preocupante consecuencia de este antagonismo como forma de existencia partidista es su traslación a la sociedad, que así, sin ninguna relación necesaria con los crecientes índices de pobreza o exclusión, se conforma en varios bloques, caracterizados por el voto más que por las ideas, que existen a partir de su oposición a los demás.

Lo peor de la actual situación española es la atmósfera imperante que niega la validez, legitimidad o sentido del votos de los “otros”: para muchos, votar al PP es defender, incluso ser cómplice, de la corrupción, lo que implica que ese voto es detestable, ilegítimo; para muchos otros, votar a Unidos Podemos es una negación de los principios democráticos de libertad y justicia sobre los que nos cimentamos.

Por supuesto, la libertad de opinión es sagrada. Yo mismo he afirmado en estas páginas no encontrar ningún argumento racional para votar a Rajoy o Iglesias. Pero mi crítica no implica negar la validez de lo que hace o decide el “otro”. El problema llega cuando esta polarización de las actitudes crece desmesuradamente hasta considerar el voto del “otro” como inválido, nulo, casi criminal. Y eso es lo que está sucediendo.

Y este aire, tenso y crispante, de negar al “otro” comienza a trascender lo esencialmente político para empapar a toda la sociedad. Cada vez hay más miedo a hablar de política porque quizás el “otro” niegue tus opiniones. Familias se separan por no querer enfrentarse a las ideas, contrarias, del primo, del tío o del cuñado. Lo que uno vota, desde su libertad, comienza a ser elemento esencial de la persona y, en los casos más extremos, sirve para la descalificación sistemática del “otro”, su negación.

No es este asunto baladí. Ya se han conformado otras dos Españas -sin el fundamento socioeconómico de las antiguas- cuya esencia es la oposición, radical, agresiva y descalificadora, a la otra. Si se niega al “otro”, el diálogo es imposible, algo con lo que, según parece, nuestros ineptos líderes se muestran encantados.

Porque, a la postre, estos líderes se mueven más por réditos electorales que por principios, defienden más su situación de poder y escaños que los intereses de España. En ellos todo es tan falso y vacuo que necesitan del “otro” para tener sentido. Lo trágico es que esta farsa de los de arriba va arraigando en la sociedad, dividida ahora en dos o tres grupos antagónicos que, inconscientemente, niegan al “otro”.

Afortunadamente creo, todavía, que hoy nadie cogería un fusil. Pero, después de lo de Inglaterra, hay que estar preparados, siempre, para lo peor.