Memorables: Billy Elliot

Las huelgas contra las que se enfrentó Margaret Thatcher supusieron un conflicto social de colosales magnitudes que afectó gravemente al Reino Unido. En ocasiones, como Ken Loach, el asunto se ha tratado de manera directa; en otras, ha servido de trasfondo para argumentos así enriquecidos por el entorno, como Full Monty.

O de Billy Elliot, película cuya trama central es cómo un chaval de un condado perdido del norte de Inglaterra ve cumplido su de entrar en el Royal Ballet School. Pero lo que realmente importa y emociona es el trasfondo familiar y social en el que transcurre el drama.

El padre de Billy es un fornido minero, un hombre tosco incapaz de comprender cómo le puede gustar el ballet a su hijo. Por si fuera poco, tiene miedo de que tomen a Billy por gay. Así, en la Inglaterra profunda subyacen numerosos prejuicios que el filme ayuda a retratar y superar.

Así, mientras la huelga empobrece aún más a la población, la suerte de Billy Elliot se encuentra entre su padre y la profesora de ballet que adivina en el joven un insólito talento.

Y, en el fondo de todo, tras esos diversos números musicales que adornan el filme, se encuentra el verdadero secreto del éxito de esta película: huérfano de madre, rodeado de una sociedad tan mísera como estancada, Billy encuentra en el baile la forma de evadirse, en el arte de la danza el camino para ser auténticamente humano.

Bien dirigida por Stephen Daldry, Billy Elliot es una magnífica muestra de la calidad de los intérpretes británicos. Apenas hay nombres conocidos entre el reparto, pero funcionan a la perfección en este melodrama con tintes de musical.

Por si fuera poco, Billy Elliot, sita en ese subgénero de superación para alcanzar los sueños, es a pesar de todo un filme original, diferente, quizás por ese contraste entre la finura del ballet y el inmenso drama social que sufre el entorno en el que vive y crece el protagonista.