Toro sin piel ni enjundia

España es un país entregado a la improvisación. Quizás por ello tengamos una idea tan vaga de la grandeza de Shakespeare, ignorancia que ha quedado patente en el sinfín de artículos publicados el pasado fin de semana. El bardo inglés, que creó personajes tan vívidos que aparentan ser más humanos –y libres– que cualquiera de nosotros, era hombre de teatro y sus textos se imponían a la tentación de improvisar de los miembros de su compañía teatral.

Sin nuestro sentido de la improvisación es imposible comprender el actual paisaje político, donde las prisas, en forma de atolondradas declaraciones de amor por el poder, aparecen en los estertores de la actual legislatura. No hay diálogo, ni escrito ni hablado, ni debates, ni nada de nada, pero siempre se puede improvisar un pacto para obtener la sustanciosa parte del pastel que conlleva la llegada a cualquier órgano de gobierno.

También nace de nuestra querencia al caos y la imprevisión el hecho de que Mario Conde haya dejado de ser doctor honoris causa de la Complutense solo cuando le han pillado por segunda vez con las manos en la masa. Si se hubiese hecho cuando le condenaron en 1997, habría sido demasiado previsible, poco improvisado.

Si así funciona la maquinaria nacional, es normal que el cine, a menudo, siga unas directrices donde importan más las apariencias que el guión, la tensión dramática, la coherencia y la fuerza de la trama.

El pasado domingo vi Toro, la nueva película del director Kike Maíllo y que ha contado con uno de los dos guionistas de La isla mínima. Pero se ve que aquí se improvisó más y nos enfrentamos a otra de esas películas que, no ha mucho, vaciaban salas y hastiaban espíritus.

Toro cuenta con un atractivo elenco en el que destacan, por su buen hacer o fuerza, Luis Tosar y José Sacristán. Junto a ellos, Mario Casas, que se supone que llena salas, aunque no pantalla. Pero en esta ocasión, gracias a unas larguísimas patillas, han logrado que se parezca a Adam Sandler, lo que perjudica sobremanera la calidad del conjunto.

Al margen de que Tosar y Sacristán sean infinitamente más estrellas y actores que Casas, el gran problema de la película es que se basa en un guión que aparenta más improvisación que una correcta planificación aunque luego sea paradójicamente previsible. La trama, que se mueve entre el homenaje y la parodia a grandes clásicos, no se sostiene por ningún lado: los malos fallan o no según convenga, la violencia surge aquí y allá sin que se sepa muy bien sin son avezados asesinos o pandilleros de Barrio Sésamo, los diálogos –a menudo murmurados por intérpretes incapaces de vocalizar– siguen una línea tan inane que son impropios de MYHYV, etc.

A la postre, el guión de Toro parece tan improvisado como nuestra realidad, pero si bien en la España real hay que creérselo todo –no tenemos más remedio– en el cine eso resulta bastante más difícil. Solo el caprichoso recurso al momento más gore de El rey Lear –cuando a Gloucester le revientan los ojos– muestra claramente cómo somos en España: una triste sombra incapaz de alejarse de una vez por todas de sus seculares defectos, carencias y pecados.