Desinterés y esperanza

Conozco a bastantes personas de bien, amantes del orden, fieles votantes de sus partidos de toda la vida a pesar de criticar severamente todos los casos de corrupción, buenas personas que, cuando pueden, hacen algún trabajillo aquí o allá que cobran en negro porque, después de todo, “nos fríen a impuestos” o no quieren que su dinero vaya a parar al bolsillo de los golfos de “arriba”.

Así funciona España desde hace tiempo, como se puede atisbar en las novelas de Galdós o Baroja. Ahora como entonces, también, resulta estremecedor cómo impera el desinterés por las cosas de todos, por los asuntos nacionales, por el bienestar de esa España en la que tan bien se vive –de momento– y que tanto se sufre.

Por ejemplo, los políticos de la actual legislatura no van a llegar a un acuerdo que nos saque del “joyo” porque priman los intereses electorales sobre los nacionales. Duele, una vez que ha dejado de asombrar, ver a los de Podemos jugar a lo mismo que los viejos PP y PSOE ahora que ya gozan de los favores del Presupuesto y tienen cargos y sinecuras que repartir. Tampoco se podía esperar mucho más de alguien que comparaba la política con Juego de Tronos, aunque aquí ni siquiera lleguemos a Falcon Crest o Dinastía.

El desinterés de los políticos alcanza cotas inauditas y temerarias. Es vergonzoso que el Gobierno se niegue a ir al Parlamento, pero el ejemplo, ahora en una suerte de limbo legal, es tan viejo como nuestra avejentada democracia. Y resulta patético ver cómo juegan a NO formar gobierno cuando seguimos sin estructuras de producción de bienes y servicios, el paro del 20% de la población activa comienza a asumirse como inevitable, la corrupción aparenta ser un sector más de nuestra mísera economía y las escuelas y universidades producen masas de analfabetos.

Pero les da igual, porque sus ingresos no corren tanto peligro como los de pequeños comerciantes, autónomos o trabajadores por cuenta ajena.

Como siempre he dicho, lo más asombroso es observar cómo el paisanaje acepta tan deportivamente la inepcia y la perfidia de los mandamases. Más allá de la corrupción del ciudadano medio, también aquí abajo pasamos enormemente de los grandes males que nos asolan. Lo importante es tener para las cañas, las olivas y un par de semanas en la playa o la montaña.

Si no, es imposible explicar que las encuestas recen que el PP mantiene el mismo porcentaje de voto que el pasado diciembre o que en los partidos nadie mueva un dedo para quitarse de en medio, como sea pero ya mismo, a Rajoy, Sánchez, Iglesias y todos los nada solapados inmovilistas… por no usar palabras más fuertes.

Quizás podría hablarse de una nueva doctrina política que tuviese al desinterés como principal elemento ideológico. Después de todo, gracias al PP en España no van a surgir partidos de extrema derecha con alcance y ya se ha visto que nuestras tendencias bolivarianas son tan “casta” como lo malo conocido. Por mucho que pareciese que llegaba la gran revolución en nuestro sistema democrático, al final todo sigue como siempre.

De ahí que, ante este desolador paisaje en el que el desinterés, junto a la amoralidad, se va convirtiendo en el valor supremo de nuestro sistema sociopolítico, aún queden motivos para la esperanza: llevamos casi medio año sin gobierno… y, mal que bien, seguimos vivos. Aún así, no está de más seguir mirando allende nuestras fronteras en busca de refugio y trabajo, que nunca se sabe de qué lado o modo vamos a caer en el siguiente agujero.