Bélgica y las contradicciones europeas

Kobe Bryant ha sido un gran jugador, controvertido por sus maneras para con sus compañeros y rivales y por su extraña y calculada manera de promocionar sus hazañas. Esta temporada, tras anunciar su retirada, los Lakers han hecho el ridículo mientras, sin participar en muchos partidos, Bryant se ha ido despidiendo de todos los campos de la NBA. Hasta que ha llegado el último partido, en Los Angeles, donde los 60 puntos del escolta han fascinado a los amantes de las estadísticas y los que no quieren ver más allá de las simples apariencias.

Kobe, genial individualista con larga escuela en la NBA, es uno de los iconos del siglo XXI. Nadie niega su calidad como jugador, pero las sombras que le rodean son suficientes para poner en duda su presunta grandeza.

Algo similar sucede con Bélgica, cabeza de Europa, ahora herida por los atentados del pasado 22 de marzo. Cuando paseas por el barrio europeo de Bruselas, te enfrentas a los edificios de la Unión Europea y las grandes embajadas, grandilocuentes y faraónicas manifestaciones que contrastan con la endeblez de la comunión entre países y ciudadanos. Por suerte, por allí cerca queda Maison Antoine y sus patatas fritas ayudan a superar el mal trago.

La pompa y boato de los edificios institucionales de la Unión Europea contrastan con las calles del centro de Bruselas donde, antes de los atentados, vi a más mendigos y pedigüeños que en ninguna otra ciudad de Europa y Norteamérica, incluida la Nueva York de los 80.

A ello se une un altísimo porcentaje de población de otras razas y religiones que, por lo que observé, apenas estaban integradas en los grupos con los que me fui topando en distintos cafés y cervecerías. Tras los atentados, incluso, me fijé y en la plaza de la Bolsa se podían distinguir grupos perfectamente estructurados en torno a una idea o manera de ver la vida.

Bélgica, como Francia, Reino Unido o Alemania, ha fracasado en la integración de las segunda y terceras generaciones de inmigrantes. Tras la Segunda Guerra Mundial, “importó” a numerosos habitantes del Norte de África por sus grandes carencias demográficas. Ahora, como hemos visto, la no integración de muchos nietos de aquellos que buscaron una vida mejor ha desembocado en un malsano clima de violencia, en el que también traslucen la taras de nuestros sistemas educativos, muelles, poco exigentes, que no crean ciudadanos sino almas amorales perfectamente moldeables.

Bélgica, por otro lado, está dividida en dos zonas, la flamenca y la valona, que, más que enfrentadas, se detestan. Su problema es aún más grave que el de Cataluña o Escocia, pero ello no impide que en todas las instituciones haya traductores de todo tipo y que se multipliquen por dos –o tres, si contamos la minúscula zona de habla alemana– muchas de sus instituciones. Por algo Bélgica es el país de la UE con un mayor porcentaje de funcionarios.

Y, no lo olvidemos, en Europa disfrutamos un Estado de Bienestar que no podemos mantener si no dejamos de gastar en zarandajas. Por no hablar del olvido sistemático de los principios sobre los que nos hicimos ciudadanos en lugar de súbditos, siervos o fieles.

Bélgica, bien pensado, merece ser la capital de Europa porque es buen reflejo de todas nuestras miserias. Bélgica brilla cubierta por un magnífico oropel que puede fascinar a los crédulos pero que oculta gravísimos problemas y tremebundas incoherencias.

Por lo menos, sabemos que Kobe Bryant se ha retirado. ¿O no?