Fascismos del siglo XXI

Aunque fastidie a los independentistas Ada Colau es un fenómeno exclusiva y genuinamente español. En ningún otro país de Occidente –ni siquiera son comparables los casos de Trump o Le Pen– podría llegar a alcaldesa de una gran ciudad alguien con tan pocos méritos y perspectiva tan sesgada. Si Félix de Azúa se equivocó al escribir que Colau debería ser pescadera fue porque tengo serias dudas de que la aludida dé para tanto.

Pero, si el comentario fue poco afortunado, enseguida, de la mano de Colau, se alzaron las feministas radicales para acusar a Azúa de misógino. ¿Acaso querían que dijese que Colau se merece ser pescadero? No importa, porque enseguida llegaron esas voces que defendían a las pescaderas como mujeres y no como profesionales de un gremio tan digno como necesario.

El feminismo radical, como cualquier otro fanatismo, se dedica a ver los monstruos que desea sin importar si tienen o no que ver con la realidad. Y, como cualquier otro fundamentalismo, acusarán a quien sea de machista porque de eso se alimenta, de la existencia del “otro” como enemigo, como presunto explotador, para así construir su propia identidad que excluye cualquier manera diferente de entender las cosas. Estos fenómenos son totalitarios, viven del absoluto, del dogma soez que sobrevive gracias a la dictadura de lo políticamente correcto y el imperio de la memez.

El asunto llega a su extremo, entre el absurdo cómico y la trágica sinrazón, en Andalucía, donde el Instituto Andaluz de la Mujer ha elaborado un manual, titulado Lenguaje administrativo no sexista, en el que se recomienda utilizar “el alumnado” en lugar de “los alumnos”, “la clase política” en lugar de “los políticos” y “la población española” en lugar de “los españoles”.

El argumento para ir más allá del “todos y todas” es la eliminación, de una vez por todas, del uso del lenguaje sexista, corresponsable, según el nuevo fascismo, de que el machismo siga imperando en la sociedad española. Hasta tal punto llega la chorrada que entre los objetivos prioritarios de los Inspectores de Educación andaluces se encuentra la adaptación de los libros y demás textos educativos a las nuevas recomendaciones –así las llaman– del citado manual.

En mi opinión, el verdadero sexismo consiste en considerar peligroso el uso del masculino genérico, de ir más allá de lo que son realmente términos machistas y aplicar el dogma a toda la lengua, como si fuesen las palabras y no las personas las que discriminan o agreden.

Pero eso es lo que está de moda… y lo que explica que los resultados educativos de Andalucía sean de los peores de Europa; o que Ada Colau pueda ser elegida alcaldesa de la gran Barcelona; o que se convierta en escándalo un simple y torpe comentario de un académico de la lengua.

El problema no es exclusivamente español. Esto del lenguaje sexista se lleva mucho… en todas partes. Y a él se unen otras gilipolleces hijas de lo políticamente correcto que, en su actual ejercicio, no dista mucho de las ideologías fascistas. Y, no lo olvidemos, Churchill escribió que el fascismo es el hijo feo del comunismo.